FERNANDO GONZÁLEZ MACÍAS
Ya no es lo que era hace unos años. El debate sobre la L y la A desata cada vez menos pasiones entre la ciudadanía coruñesa. No es que esté superado, pero a las nuevas generaciones empieza a resultarles cansino. Les aburre ver cómo sus mayores y algunos dirigentes políticos se entretienen en un debate casi de salón, que se agota en sí mismo, sin que se llegue a ninguna conclusión en firme que lo zanje de una vez por todas.
Esta vez ha sido el Partido Popular el que reabrió el melón del topónimo sin que existiera una demanda objetiva en la calle. Lo hizo con el único fin de colocar al PSOE en una posición incómoda, casi imposible, por la evidente contradicción que entraña su tradicional defensa de la doble denominación con el pacto que suscribió con el Benegá para compartir el Gobierno municipal y que le obliga a galleguizar las instituciones locales.
El líder de los populares coruñeses, Carlos Negreira, es consciente de que tendrá la Alcaldía al alcance de la mano en la medida en que logre hacerse con la nutrida bolsa de votos coruñesistas, de raíz conservadora, que le otorgaba las sucesivas mayorías absolutas a Francisco Vázquez. Necesitará también sumar el electorado de los grupos independientes y localistas que le disputaron la clientela de centro derecha en 2007, pero ese es otro cantar y para ello está en marcha otra estrategia diferente, que se visibilizará en breve.
El sentido común dicta que en ningún caso el PP captará a los votantes nacionalistas descontentos, que seguramente acabarán quedándose en casa, para castigar al mismo tiempo a los suyos y a los otros. Es en los caladeros socialistas donde tiene que echar las redes para pescar a quienes se sintieron traicionados por Losada el día en que hizo sitio al Bloque en el puente de mando de María Pita, en lugar de gobernar en solitario, como seguramente preferirían la mayoría de quienes apoyaron en las urnas al delfín de Paco no por sus méritos sino precisamente por ser el legítimo heredero del vazquismo.
Ahora bien, tal y como funcionan desde siempre las cosas en A Coruña, la clave del éxito de Negreira no está en conseguir que se oficialice definitivamente la forma castellana del topónimo, algo que nunca podrá decidir el Ayuntamiento coruñés, gobierne quien gobierne, sino el Parlamento gallego, donde ahora tiene mayoría el PP. Con ser importante, tampoco es tan decisivo como pudiera pensarse el trato que a la ciudad le otorgue la Xunta en sus presupuestos de los próximos años.
Que en el envite de 2010 la mano derecha de Núñez Feijóo conquiste o no la Alcaldía herculina depende sobre todo de que así lo quieran los grupos de presión y poderes fácticos que desde hace muchos años marcan el rumbo de la política municipal en función de sus intereses, eso sí, envolviéndolos en el manto del localismo, que a la vez que disimula, queda lucido. Ya casi nadie medianamente informado discute que son esos poderosos caballeros los que ponen y quitan alcaldes gracias a su influencia mediática, que se va reduciendo, pero sigue siendo grande. Y naturalmente intentan imponer al alcalde que les conviene, pero haciendo que parezca que es lo mejor para A Coruña. Como si ellos y quienes les rodean encarnasen el dichoso interés general, que, convenientemente invocado, bendice casi cualquier tropelía.
fernandomacias@terra.es