ARTURO LEZCANO
Personalmente siempre nos ha subyugado la llamada ciencia-ficción -preferimos decir ucronía-, bajo la mayoría de los subgéneros excepto, por ejemplo, la space opera. Las pruebas de la virtualidad profética, denuncia a priori de un futuro indeseable, son cada década que pasa más abrumadoras. Un buen lector de ficción más tecnológica que científica recordará con cuánta anticipación los autores -americanos en su mayor parte, naturalmente- previeron el desarrollo a todas luces insostenible, el cambio climático, el canibalismo pretendidamente eugenésico, el posible armagedón nuclear y la insignificancia del planeta azul en el devenir insondable del notiempo.
Lo tenemos muy presente, inundados por el tsunami informático, desde los blogs masivamente narcisistas, hasta las enciclopedias del acervo popular, exaltadas en un verdadero culto de subcultura demagógica.
Los optimistas anarcoides de toda la vida pueden preconizar esta quimérica recuperación de la democracia directa, a través del cúmulo de pseudoencuestas, consultas ininterrumpidas, desbocada opinión pública.
Este terrible panorama nos remite, en este caso, a la política-ficción.
Los inminentes votantes del botoncito lo emitirían al dictado subliminal del Gran Hermano, ese que está a punto de controlarnos en el retrete, no los de las teleclónicas.
Nos referimos, como el lector ya habrá recordado, a 1984, la famosa novela de George Orwell, también llevada al cine, 1984, cuyo único defecto, digámoslo de paso, es muy común en el género que nos ocupa, empezando por Julio Verne; datar un mundo futuro en el 2080 o el 2100.
Aunque si no lo remedian los que llegan detrás, las ucronías pasarán de la ficción a una realidad mortal de necesidad, si no en este siglo, en el que viene.