JOSÉ LUIS QUINTELA JULIÁN
. n Patna, en el estado de Bihar, el más pobre de India, los granjeros utilizaron siempre el vuelo de la grulla siberiana como señal de salida para plantar algunos de sus cultivos. Según Jeremy Hobbs, director Ejecutivo de Oxfam Internacional, parece que los mismos están muy preocupados ahora acerca de esto. ¿Por qué? Pues porque se ha perdido la sincronización entre los vuelos de estas aves y el momento climatológico adecuado para la siembra. Ahora las grullas no llegan, porque el tiempo de verano dura dos meses más. Además, hay muchos más insectos y más calor y, como consecuencia de ello, el rendimiento de las cosechas ha descendido significativamente.
Los granjeros siguen explicando que las vacas dan menos leche ahora, debido a ese mismo calor, y que, en el período de lluvias, estas son tan fuertes que han de utilizar sistemáticamente botes para desplazarse en los campos inundados. Ellos lo tienen claro, y con tal contundencia lo han contado en un acto allí, al que asistió el ministro de Estado para Gestión de Desastres. Un evento en el que ha quedado claro que la impredecibilidad de la climatología y el efecto sobre las cosechas son verdaderamente críticos en esa parte del mundo.
Más lluvia, veranos más calurosos y largos e inviernos más fríos y cortos. Con esa frase se resumen las apreciaciones de quienes hablan no desde la tribuna o la mera teoría, sino avalados por la experiencia de generaciones enteras, por la sabiduría de un pueblo que se encuentra descolocado hoy ante las perturbaciones en el clima.
Independientemente de la etiología del cambio climático, este es una realidad y está afectando a la vida de las personas. De las más vulnerables, especialmente. Al fin y al cabo, usted y yo, en una sociedad absolutamente monetizada, si queremos una lechuga nos pasamos por la tienda y ya está. Podrá ir más cara o menos, pero la hay siempre. La experiencia en diferentes áreas del África Subsahariana, por poner un ejemplo, es que se ha producido en los últimos años un efecto de reducción de las cosechas similar al descrito por los campesinos de Bihar. Y, en esas circunstancias, no siempre está garantizada la pitanza. Aunque esta consista, las más de las veces, en sólo un poco de arroz?
Mientras, se prepara Copenhague. Ya saben, la cita que escenificará el encuentro de países ricos y pobres en relación al cambio climático. Me dicen que será una reunión de cuchillos largos, y que será difícil pasar de la dialéctica a la acción. Hoy hay muchísimas probabilidades de que Copenhague no pase de la cosmética y de las declaraciones de intenciones. Y, mientras, en muchos Bihar hará más calor y habrá más insectos, menos comida y unas condiciones más complejas para la vida. He ahí el quid de la cuestión. Pero también puede ser incluso peor, si se produce un enfrentamiento directo entre quien busca cambios ya, soluciones, y el "no sabe, no contesta" de los países ricos, que sin duda impondrán su ley. Puede producirse una fractura importante del consenso en la comunidad internacional y de las posibilidades de intentar paliar el desaguisado climático en un futuro razonable.
Empiezo a pensar que, a la postre, los seres humanos difícilmente podemos hacer un esfuerzo verdaderamente grande para entender las consecuencias de nuestra acción -o inacción- a un par de cientos de años vista. Y creo que esto se agudiza más si uno ha de rendir cuentas en un período cortoplacista, como el que pedimos a nuestros gestores, preocupados muchas veces por cuestiones mucho más cotidianas, prosaicas y aterrizadas que los grandes problemas de la Humanidad. Vivimos el escaso tiempo que vivimos, y supongo que la tentación de que, en el futuro, se arreglen como puedan es muy fuerte. Y, miren, como tampoco somos de los que, como en Bihar, ya les toca vivir ahora en primera persona esto del cambio climático, pues aún lo sentimos más lejos. En la magia y los algodones de Copenhague, en medio de un exquisito protocolo, no creo que sean muchos los invitados a la Cumbre que aboguen por soluciones rompedoras, valientes y verdaderamente distintas. Habrá que verlo. Y, mientras, seguir pacientemente el vuelo de las grullas. Y continuar contando los anhelos y los esfuerzos de muchos campesinos en el mundo por salir adelante y por, aunque a veces no lo sepan, sentar las bases de un nuevo orden mundial. También en las consecuencias sobre el clima. Y es que si en Copenhague no se hace?
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