FERNANDO GONZÁLEZ MACÍAS
Con Carmela Arias y Díaz de Rábago, condesa de Fenosa, desaparece el último vestigio de aquella Coruña entre sepia y blanco y negro, que muchos todavía añoran porque en su subsconsciente la siguen asociando al momento de mayor esplendor de una ciudad que, por aquel entonces, en plena posguerra y con el franquismo rampante, concentraba casi todos los centros de poder político, económico y hasta social de Galicia. Aquí se tomaban, en hilo directo con el Palacio de El Pardo ( y en verano con el Pazo de Meirás), las grandes decisiones que marcaban para bien o para mal el futuro de este país.
A Coruña era la verdadera capital gallega. Además de acoger las sedes regionales de las principales instituciones civiles y los mandos militares, constituía el centro neurálgico de un incipiente capitalismo, que tenía precisamente en Pedro Barrié de la Maza a uno de sus más genuinos representantes. Barrié es, a decir de los estudiosos de nuestra más reciente historia económica, el arquetipo de una cierta burguesía urbana, un reducido grupo de adinerados que decidió emprender aventuras empresariales pioneras y arriesgadas, con las que, después de haber malogrado las oportunidades de la revolución industrial, se intentaba romper el maleficio de una sociedad rural y agraria, que condenaba a la pobreza a la mayoría de población.
Visto desde la perspectiva del hoy, el conde de Fenosa fue un hombre de negocios sin complejos, que utilizó y se dejó utilizar por el régimen de Franco, para acumular, por medio de exitosas operaciones empresariales, una gran fortuna, que ponía una y otra vez en juego, eso sí, con las pertinentes cautelas, de modo que no corriese excesivos riesgos pero tampoco dejase de crecer de acuerdo con el principio del máximo beneficio.
A su muerte, sin descendencia directa, le sucedió su viuda, Carmela Arias. El principal de sus méritos fue mantener con firmeza el rumbo que había marcado el propio Barrié de la Maza. Lo hizo hasta donde fue posible, reforzando los lazos con el poder político para sacar adelante determinados proyectos de envergadura que, a la vez que agrandaban considerablemente su patrimonio personal y societario, sirvieron para que germinaran los primeros movimientos contestatarios de la Galicia rural.
La condesa tuvo el acierto de rodearse de equipos directivos que asumieron perfectamente el que podríamos denominar espíritu Barrié. A ellos se debe el fuerte peso que, desde hace años, tiene la labor social y cultural, el mecenazgo en general, en la actividad del Banco Pastor, del que son muy destacado exponente las Becas de la Fundación Barrié, cuyo origen está en la necesidad del propio grupo financiero e industrial de contar con profesionales altamente cualificados y de ponerlos a disposición del tejido empresarial gallego posibilitando su desarrollo con capital humano propio. En esa misma estrategia hay que inscribir el apoyo a proyectos académicos que fueron el germen de las hoy universidades de A Coruña y Vigo.
Entre los muchos elogios fúnebres que se han escuchado desde su deceso, uno se queda con eso de que Carmela Arias cumplió con creces el papel que ella misma se asignó, dicen que atendiendo a los expresos deseos de su esposo: capitanear un banco y un grupo de empresas con las manos firmes en el timón, marcando el rumbo, pero escuchando siempre el consejo de aquellos en cuya capacidad y buen criterio confiaba. Aseguran que, como la mujer fuerte que era por dentro, nunca le tembló el pulso, ni siquiera a la hora de tomar decisiones dolorosas para lo que ella misma representaba. Lo cual vendría a ser la forma más generosa de ser egoísta. Un egoísmo enriquecedor.
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