PONTE (Y SEGUIDO)
Cuando alguien padece zozobra, o temor, por una amenaza o riesgo inminente solemos decir de él que "no le llega la camisa al cuerpo". Es una figura retórica un tanto equívoca porque no queda muy claro si el agobio se produce porque la camisa encoge a medida que mengua el ánimo o, por el contrario, si es el cuerpo quien, al agigantarse el miedo, desborda las dimensiones de la camisa. Normalmente, la talla de la camisa se ajusta a la del cuerpo y, bien se confeccione la prenda a la medida, bien se trate de un tallaje comercial, suele establecerse una relación de plena comodidad con el usuario. Desde que la humanidad dejó de andar desnuda, la camisa es como una segunda piel. E incluso podríamos decir que es la primera y más representativa epidermis que tenemos, entre otras razones porque es la que antes se ve. Hay gente que, en pelota, no tiene ningún interés zoológico, sexual o estético, pero con una buena camisa encima del pellejo parece algo importante. Al respecto, es muy sugerente, por ejemplo, que a los trozos de tejido epidérmico que dejan en el campo los reptiles (esos colegas genéticos nuestros) cuando renuevan la piel se les llame "camisa". En la lengua española, el uso de la palabra camisa tiene un amplio repertorio. "Cambiar de camisa", viene a significar cambiar de criterio, de bando o de partido; "dejar a otro sin camisa" equivale a arruinarlo; "jugarse hasta la camisa" es tanto como exagerar el riesgo en una apuesta; y "meterse en camisas de once varas" es meterse en líos innecesarios", etc, etc.
Al caballero de la foto que contemplamos podrían serle atribuidos todos esos dichos, aunque es posible que la acepción primera ("no le llega la camisa al cuerpo") se ajuste mejor al problema que le agobia. Esa mirada abstraída, esos papos a punto de desinflarse, esa nariz que se está quedando sin olfato, esos labios fruncidos por el desencanto, esas orejas cansadas de oír gritos de reproche y esos pelos que se alborotan sin que los azote el aire, componen una imagen de asfixia existencial muy preocupante. Y ese gesto de echarse la mano al cuello de la camisa para aflojar el botón que la cierra acentúa los rasgos del desasosiego. El reloj de la muñeca no hace sino reforzar la idea, un tanto angustiosa, de que el tiempo de encontrar una solución razonable se está acabando.
En realidad, el caballero de la fotografía (como casi todos ustedes ya habrán adivinado) es don Florentino Pérez, mientras da una conferencia en el Club Información de Alicante, un periódico hermano de Prensa Ibérica. El titulo de la disertación era Modelo de gestión en el Real Madrid y no deja de tener su guasa. Sobre todo después de la paliza que le propinó el modesto Alcorcón. La pregunta que cabe hacer es esta: ¿por qué un hombre que ha tenido tanto éxito en los negocios se mete en camisas de once varas? Nótese al respecto que el número de varas es exactamente igual al número de jugadores de un equipo de fútbol. Parece mentira que un señor tan listo no haya caído en ese detalle.