JOSÉ ANTONIO PORTERO MOLINA
No se discute que las divisiones internas en los partidos les causan severos castigos electorales, pero sí lo que entendemos por divisiones internas.
La UCD, el partido que gobernó la transición de junio de 1977 a octubre de 1982, se deshizo por divisiones imposibles de superar, es cierto. Pero no podemos olvidar que esas divisiones eran la expresión de una situación general del país en la que UCD dejaba ya de ser útil a sus electores. Aprobada la Constitución, Suárez y su partido, creado desde el poder, sin historia, sin ideología identificable y con buena parte del aparato del tardofranquismo en sus filas, habían cumplido su importante papel, nada menos que dirigir la transición, pero no podían dar más de sí. El centro no era un partido sino un espacio que los socialistas ya ocupaban, como demostraron espectacularmente en octubre de 1982, al tiempo que una derecha, rehecha ya del susto de la transición, vino a ocupar su amplio y firme espacio natural e histórico, dejando a Unión de Centro Democrático sin lugar en la política española. Disensiones internas vivió por entonces el PCE, cuyos resultados electorales de 1977 y 1979, sobre veinte escaños y millón y medio de votos, le parecieron un fracaso. También al PCE la realidad postconstitucional vino a demostrarle electoralmente, como es propio de las democracias, que su tiempo había pasado y que nada podía ofrecer a un votante de izquierdas identificado, como en el resto de Europa, con la socialdemocracia y no con el comunismo, ni siquiera eurocomunista. Años más tarde el nacionalismo vasco pagó cara también la división que esta vez tenía una explicación en términos de poder económico y territorial.
Discrepancias y fuertes hubo en el PSOE de González. Primero con la UGT y después con trifulcas entre guerristas y renovadores, que trajeron mucha cola pero que no causaron la derrota electoral, la dulce, de 1996 ante el PP de Aznar. Una derrota debida más a turbios avatares y al agotamiento de un líder mayúsculo. A otro nivel, también el PP de Galicia, con Fraga en su apogeo electoral, vivió lo de las togas y los birretes, pero no fue eso lo que dio la victoria al bipartito en junio de 2005. Sólo cuando las divisiones internas, con desconcierto ideológico y abandonos masivos de dirigentes y militancia, devienen en fracturas y nuevas siglas, provocan el castigo electoral.
El PP actual no sufre disensiones ideológicas, no carece de liderazgo, ni es inservible para los millones de electores que han venido sosteniéndole. Pienso que la estructura territorial autonómica ha obligado al partido, al PSOE también, a un modo de funcionamiento plagado de dificultades cuya superación no viene en los libros por la sencilla razón de que nadie en Europa tiene un sistema de partidos como el nuestro. No siendo inquilino de Moncloa, sino sólo el líder nacional del partido, Rajoy tiene una doble tarea: liderar a la derecha contra Zapatero y mantener unido a un partido con barones y baronesas con gran poder en sus territorios. En ambos frentes la prudencia y el tiempo son factores a tener muy en cuenta para no dar un patinazo. Si se repara en que lo de Valencia tiene su origen en comportamientos delictivos amparados, como poco, por un Camps sentado en su mayoría absoluta, y que lo de Espe y Alberto, con asientos también mayoritarios y sin rivales externos a la vista, se explica por peleas por ámbitos de poder en Madrid, resulta explicable, e inteligente, la posición de Rajoy. Rajoy no entra a saco porque no puede hacerlo, ni lo haría en su lugar Aznar, salvo que quisiera provocar, entonces sí, fracturas irremediables. Si en los segundos escalones hay sanciones, como las está habiendo, Rajoy, que cuenta con el apoyo del partido y de los barones de aquellos territorios donde los líos de Madrid o Valencia no tienen consecuencias, saldrá reforzado, aunque a los señorones de la prensa madrileña, escrita y hablada, nada de más juego ni venda más que las trifulcas de la pareja zarzuelera.
José Antonio Portero Molina Es Catedrático De Derecho Constitucional De La Universidad De A Coruña