JOSÉ MANUEL PONTE
Aún no hace cosa de dos años, la ONU publicó un informe en el que se situaba a la localidad española de Miranda de Ebro (Burgos) como una de las ciudades del mundo con mayor consumo de cocaína, tras analizar las aguas residuales vertidas al río. Nada menos que 134 dosis diarias de droga por cada mil habitantes. La noticia provocó una cierta conmoción porque nadie podía esperar que una ciudad pequeña, con una población que no llega a los cuarenta mil vecinos, y fama de tranquila, pudiera albergar a tanto vicioso. Como ocurre siempre en estos casos, los sociólogos de guardia en los medios de comunicación se lanzaron a analizar el fenómeno, pero no encontraron datos significativos que pudieran ayudarles a dar un diagnóstico fiable. Tradicionalmente, los mirandeses venían dedicándose a la agricultura y a la ganadería, aunque en los últimos tiempos se habían instalado allí algunas industrias y centros de distribución de mercancías. Pero ninguna de esas actividades, por muy rutinarias y tediosas que sean, parece terreno abonado para incitar al consumo de un alcaloide tóxico. La cocaína es una droga muy cara y el tipo medio de consumidor se acerca más al perfil del pijo con dinero, que al del agricultor, ganadero y modesto empleado. Por si fuera poco, en Miranda, ciudad fronteriza con Álava, están acuarteladas las fuerzas de orden público que suelen intervenir en el País Vasco, y no parece el lugar más idóneo para dedicarse al trapicheo dado el exceso de vigilancia. Yo recuerdo que este mismo tema fue debatido en la tertulia del café a la que asisto de vez en cuando, y las opiniones fueron muy dispares. Desde el escéptico que no se asusta de nada ("¿Qué representan 134 dosis diarias de unos gramos de cocaína, comparadas con las decenas de toneladas que se descargan todos los años en las costas gallegas?"), hasta el fabulador que saca conclusiones fantásticas. Una de estas últimas era realmente curiosa. Según interpretaba este tertuliano, el nivel de consumo de cocaína en Miranda de Ebro resultaba perfectamente explicable por la situación de estrés permanente a que estaban sometidos tanto los agentes de las fuerzas del orden como los conductores de las furgonetas que servían en los centros de distribución urgente de mercancías. Y, sobre todo, ponía acento especial en este último gremio. "¿Os habéis dado cuenta -enfatizaba- de la velocidad con que circulan las furgonetas por la carretera? Te adelantan como si fueran bólidos. Impresiona verlas pasar". Lo de la velocidad de las furgonetas es un dato cierto, pero la relación de causa a efecto con el estudio de la ONU, nos pareció una exageración. Dos años después, este aspecto de la cuestión lo ha aclarado en parte otro estudio, esta vez del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que rebaja las 134 dosis diarias de consumo de cocaína por cada mil habitantes en Miranda de Ebro hasta solamente 21, utilizando unos criterios más ajustados y rigurosos. En cualquier caso, la conclusión no es tranquilizadora porque el consumo de esa droga en la totalidad de la cuenca del río Ebro arroja unos porcentajes que doblan a los registrados en ciudades tan importantes como Londres o Milán. A la vista de estos datos cobra nuevo significado la letra de aquella antigua canción en la que se decía que "el Ebro guarda silencio al pasar por el Pilar. La Virgen está dormida y no la quiere despertar". No me extraña que el uno guardase silencio y la otra se hiciera la dormida. Hay realidades que no son gratas de ver.