PEDRO DE SILVA
Hasta ahora se pensaba que el instinto homicida era indispensable para llegar a presidente, y es posible que lo sea. El instinto homicida consiste en saber cuándo hay que librarse de alguien, amigo o enemigo, para seguir en la posesión del balón, y en hacerlo sin pestañeo ni mala conciencia. Suárez, González y Aznar acreditaron tenerlo, y Zapatero está a su altura, por lo menos. Rajoy parece carecer por completo de instinto homicida. Sin embargo, dará por resuelta una crisis de aúpa sin otra sangre que la de un subalterno de la periferia, y hasta ésa más por la cerrilidad del subalterno, que pidió martirio, que por gusto del jefe. El que llamo estilo Rajoy consiste en dejar que las cosas lleguen al borde del precipicio y que el miedo a caer les haga dar la vuelta. De momento, le ha funcionado, y es una innovación no menor que la de la pesca sin muerte, o la lidia sin estoque.