JOSÉ MANUEL PONTE
Había una cierta expectación entre la prensa madrileña por saber si don Mariano Rajoy daría por fin un puñetazo sobre la mesa y pondría orden en el reñidero de gallos (y gallinas) en que se había convertido últimamente su partido. En España, entre cierta clase de público, dar puñetazos sobre la mesa es un síntoma de fortaleza de carácter. El que se sienta detrás de una mesa, sea de taberna o de despacho, y no sabe dar puñetazos sobre el tablero en el momento oportuno es considerado como un pusilánime. En cambio, a quien lo aporrea con energía se le considera una persona de fiar, con criterio y sentido de la autoridad. Por lo que sea, don Mariano Rajoy, pese a su buena talla, su barba encanecida y sus manos grandes, no ofrece el aspecto de ser un hombre capaz de dar un puñetazo como argumento definitivo. Todo lo contrario que su antecesor en el cargo de líder de la derecha, señor Aznar, al que, siendo mucho más pequeño, le sobraba energía no solo para dar puñetazos sobre la mesa sino para poner los pies encima de ella como demostró en el rancho de su amigo Bush. En realidad, en el trasfondo de esa expectación de la prensa madrileña afín a la causa, late el deseo de que el máximo dirigente de la derecha política española sea siempre un hombre enérgico, resolutivo y capaz de transmitir sus convicciones tanto con la lengua como con los nudillos. Don Manuel Fraga Iribarne era esa clase de hombre, en un estilo oratorio tonante y desbordado. En una ocasión memorable, durante un mitin electoral en Lugo, molesto por las voces de unos discrepantes, se quitó la chaqueta y al grito de "¡A por ellos!" hizo un amago de ir en su persecución, en medio del entusiasmo de sus seguidores. La afición de Fraga a poner fin a cualquier discusión que no le gustaba, de manera abrupta, es bien conocida. Y no necesitaba dar un puñetazo en la mesa para ello. Simplemente decía "Y punto". Punto y final, por supuesto. El sentido de la autoridad debe de ser innato en cualquier líder de la derecha española que se precie. Históricamente, está demostrado que la derecha española, desde Recaredo, siempre ha sido autoritaria. Y más aún en los largos periodos en que el poder estuvo en manos de un militar. Los militares son autoritarios por naturaleza, están adiestrados para mandar, y no tienen ningún problema para dar puñetazos sobre la mesa y sobre donde haga falta. Es más, ni siquiera lo necesitan. Franco, por poner un ejemplo, no daba puñetazos sobre la mesa. Le bastaba con mover una ceja, o mantenerse en un ominoso silencio, para que su interlocutor se pusiera a temblar. Indudablemente, ese exceso de autoritarismo crea adicción y no son pocos los que aun tienen nostalgia de aquellos tiempos felices en los que no se permitía discrepar ni a los más fervorosos partidarios. En una radio recogieron las expresiones que algunos militantes del PP le dirigían a Rajoy cuando salió de la sede del partido después de la reunión en la que supuestamente tenía que dar un puñetazo sobre la mesa. La que más se oía era la voz de una mujer que gritaba "Autoridad, autoridad, autoridad". Tome nota don Mariano si quiere seguir siendo el jefe de la derecha.