ECHEVARRÍA
Le conté a mi hermana lo que publiqué hará un par de semanas, lo del profesor de un instituto al que una chica joven ofreció su asiento en un autobús urbano, y mi hermana Lita dijo al instante: "Sería una alumna suya". "Pues no", argüí yo, que lo sabía por el relato del propio profesor. "Entonces sería una chica sudamericana". Y ante mi silencio, reabundó mi hermana en su opinión destacando los detalles de urbanidad, la delicadeza y la calidad humana de muchos de estos emigrantes, en contraste con la rigidez, las maneras ásperas, bruscas, de gran parte de nuestros nacionales. Que nadie se me ofenda, pero en cuestiones lingüísticas y en formas de expresión recibimos una y mil lecciones de ciertos sectores -destaco a los colombianos- de castellano-parlantes venidos de aquellas tierras. Hay tal dulzura -para que se vea con un ejemplo- que hace lindo y pegadizo platicar con ellos. Nos achacan que los españoles parecemos estar enfadamos cuando conversamos, que nuestro hablar es rudo, áspero, que más que pronunciar ladramos las palabras. Normalmente no nos damos cuenta de nuestra forma de decir o exigir algo, pero en cuanto coincidimos o escuchamos a sudamericanos hemos de reconocer la mayor calidad de su fonética castellana y de sus usos coloquiales, compatibles a la vez con la utilización de términos propios que quizás nos arranquen una sonrisa o, peor, un gesto de indulgente condescendencia. Pero en delicadeza y dulzura, nos ganan por goleada.