JOSÉ BARROS GUEDE
La conversación de Mauro Pareja con el compañero socialista Ramón Sobrado redobla sus inquietudes y sus deseos de ver a Feíta Neira para disfrutar de su picante charla que era lo único que podía quitarle la morriña, y saber lo que sentía por Ramón Sobrado. Espera que ella llegue a visitar la biblioteca de la duquesa.
Entonces, Feíta Neira muy disgustada le dice a Mauro Pareja: "Vengo a despedirme de usted porque me marcho a Madrid, a ver si allí puedo encontrar trabajo para mantenerme. En mi casa, el pan de cada día son las disputas vanas, los choques continuos, la aspereza y caras de cuerno. Yo repruebo el modo de vivir de mis hermanas, y ellas el mío al no querer por hermana a una maestra, a una rara, a un marimacho".
Como dice un poeta: "Vivir quiero conmigo, porque creí que la libertad consistía en salir a la calle sola, pero también consiste en estar sola en la casa. Mi padre ¡ciego, sordo, embaucado, echándolo todo a parte, creyendo que mis hermanas han encontrado novio!..., cuando lo que han encontrado es a Baltasar Sobrado y a Mejías".
Continúa: "Ya ve usted, ¡debo marcharme? hasta por sentido moral! O me marcho o le canto todo a mi padre y le doy la muerte porque esto no lo resiste. María Rosa ha cedido y se ha vendido al dinero, y Argos se ha entregado por capricho, por curiosidad malsana, por falta de sentido moral".
Don Benicio Neira, persona honrada, modesta y decente, aunque de otra época, tenía a menos que sus hijas aprendiesen un oficio de coser y planchar. Consideraba que su porvenir estaba en casarlas con un hombre de bien que supiese ganar la vida para tenerlas como reinas y que su hermano varón mirase por ellas.
Las palabras de Feíta Neira llegaron profundamente al alma y al corazón de Mauro Pareja. Se sentía arrebatado, conquistado y enamorado de veras. Un inexplicable arrebato llenaba su pecho, como si este sentimiento singular fuese para él un aparente de juventud, de salud moral, de energía y de potencia germinativa del alma, conservado y atrofiado en él, bajo la plancha del acero del egoísmo.
Mauro Pareja ansiaba entregarse a Feíta Neira, de tal modo que al conocer que ella necesitaba dinero y tenía pensado pedírselo al bueno del doctor Moragas, le dice: "¿Quiere usted ahora mismo todas mis economías?, ¿quiere mi patrimonio?, ¿quiere mis muebles, mis ropas, mi libros?. ¡Usted no se irá, se quedará aquí! Desengañemos a su padre, salvaremos a sus hermanas, arreglaremos esas historias. ¡Si supiera qué contento estoy, ¿quiere usted, Feíta, casarse inmediatamente conmigo? ".
Feíta Neira, sorprendida, le mira con una mezcla de satisfacción y recelo, abrumándole el peso de tanto bien que no creía posible ni verosímil. Al fin, le dice afectuosamente: "Gracias, tiene usted un corazón noble. Aparentando ser usted un solterón muy duro de pelar, es extremadamente bondadoso, y capaz de jugarse su tranquilidad en un momento dado por seguir un sentimiento compasivo".
Mauro Pareja se apodera ávidamente de la mano que Feíta Neira le tiende, y al aproximarla entre las suyas, experimenta el choque eléctrico que determina el roce de la palma de la mano de la persona querida, y le pide su mano. Pero Feíta Neira le dice: "No pienso casarme, deseo sencillamente continuar de soltera".
Mauro Pareja insiste: "Feíta, no me caso por chiripa, la estoy queriendo desde que la conocí, desde que andaba usted de corto. Lo que usted representa, el tipo que usted realiza, la clase de mujer que usted es, existía dentro de mi corazón y yo la soñaba como un ideal. He tenido a docena de novias, pero a ninguna hablé de boda, con usted en cambio lo primero que se me ocurre por instinto es una unión que dure toda la vida, ¡Feíta, por Dios, sea buena, préndame usted".
Suavemente ella le responde: "Tengo veintidós años, he leído y estudiado con furia, pero desconozco el mundo, solo aspiro a gozar de la libertad, sin abusar, para descifrarme y para ver de lo que soy capaz, para completar mi educación, para atesorar experiencia, en fin, para ser alguien, una persona en pleno goce de sí mismo".
Mauro Pareja le advierte: "La mujer emancipada como usted no encuentra en el camino más que piedras y abrojos que le ensangrientan los pies y le desgarran la ropa y el corazón. En la vida íntima, en la asociación constante del hogar, encontrará usted esa equidad que no existe en el mundo, yo seré para usted ese hombre racional y honrado que no se creerá dueño de usted, sino su hermano, su compañero, su amante. ¿Qué me dice?".
Feíta Neira agradecida le manifiesta: "Deseo recoger la senda de los abrojos que me llama, me tienta, me seduce". Recoge los treinta duros que él había dado manifestándole que se los devolverá lo antes posible. Le pide no se ponga triste porque se marcha de Marineda. Le considera su mejor amigo y le promete escribirle contándole sus esperanzas, sus batallas, sus triunfos, su historia.
A los dos días de esta conversación, el Ramón Sobrado con traje nuevo, pañuelo de seda al cuello y con camisa blanca, llama a la puerta de don Baltasar Sobrado, quien sorprendido y temeroso le recibe sentado en un ancho y cómodo diván de su salón. Ramón Sobrado con gran serenidad, se quita la gorra y hasta inclina, le saluda sin asomo de intención hostil, y le dice: "Le doy a usted las gracias porque al fin se digna escucharme, ¡cuánto tiempo hace que le pido audiencia?!".
Continúa diciéndole: "Sepa que no intento usar la violencia contra usted, no traigo armas de ninguna especie, me pesan las cartas que le escribí, confieso que fueron producto de un arrebato, no tiene usted que ponerse de ese color de difunto, lo que debe hacer es oírme tranquilo y echar sus cuentas. He decido que, en plazo improrrogable de tres días contados desde hoy, se casará usted con mi madre públicamente, legitimándome a mí al mismo tiempo. Si usted no acepta mi proposición, le mataré y me mataré enseguida. Yo tengo desde que nací una vida perra y estimaría perderla?, y usted tiene una vida gustosa y feliz que debe importarle".
Baltasar Sobrado, que no era un cobardón, no perdió el discernimiento ni se ofuscó su razón, vio que los argumentos de su hijo Ramón Sobrado eran perfectamente lógicos, sin embargo se encontraba inquieto y no dormía de noche pensando en la solución a dicho problema que no hallaba. Al tercer día del plazo, por la mañana, asomado a la ventana, vio por los visillos que Ramón Sobrado se paseaba junto a su casa. Baja a hablar con él y acuerdan que la boda de su padre Baltasar Sobrado con Amparo, la madre de Ramón, famosa cigarrera de la Fábrica ce Tabacos, apodada La Tribuna, tenga lugar mañana en secreto.
La noticia del matrimonio del rico Baltasar Sobrado con la infeliz cigarrera, Amparo, seducida y abandonada por él hacía veintitrés años, se divulga rápidamente por toda Marineda. Ramón Sobrado, como heredero de don Baltasar, se había cortado el pelo, vestía un precioso traje de fino paño inglés, y paseando por la calle Real y mirando a la Pecera con aire arrogante, exclamaba altivo: "¿Me veis?, ayer no era de los vuestros, hoy ya lo soy, porque he querido serlo, ahora desdeñarme".