JOSÉ MARÍA ECHEVARRÍA
Desde que Churchill profetizase, recién acabada la II G.M., el levantamiento de un telón de acero que aislaría de la libertad a los países de la Europa dominada por los comunistas, hasta el 9 de noviembre de 1989, el muro construido en Berlín cuya caída ahora celebramos ha sido la materialización de una de las opresiones colectivas más trágicas. Por eso la caída, derrumbamiento, eliminación, destrucción o como quiera llamarse pues no voy a entrar en polémicas terminológicas sobre la naturaleza del hecho, siempre será bienvenida por lo que supone de recuperación de la libertad. De las muchas cosas leídas con ocasión del 20 aniversario de su desmoronamiento me felicito por haber descubierto dos aportaciones oscurecidas entre tantos protagonistas de aquel acontecimiento, y aprovecho para resaltar el papel que la sociedad civil y el papa Wojtyla tuvieron. Leí en un suplemento dominical que dos autores franceses en un libro publicado sobre la caída del muro "explican cómo la sociedad civil -se refieren a la alemana oriental- olisqueó debilidad y desmoronamiento en las actitudes represoras", y lo siguiente fue roer, horadar y plantar cara hasta que todo se vino abajo. La otra aportación, el primer viaje de Juan Pablo II a Polonia, lo hallé en una entrevista a Lech Walesa, ex presidente de su país, que no duda en colocar al papa Wojtyla como artífice destacado del hundimiento del régimen comunista, hasta tal punto decisivo que ese mismo régimen, sabiendo a quién tenía enfrente, intentó asesinar al Papa en 1982. Así queda resaltado.