FERNANDO GONZÁLEZ MACÍAS
Lo acaba de reafirmar la reunión anual de la Asociación Gallega de Psiquiatría. Los gallegos nos suicidamos más que el resto de los españoles. En eso casi se podría decir que somos una potencia, con una tasa cuatro puntos por encima de la media nacional. En tan trágica estadística apenas nos superan un par de comunidades. De acuerdo con los datos oficiales, cada día un gallego se quita la vida o al menos lo intenta en serio. Al cabo del año se registran más de trescientos suicidios consumados y otros cien intentos premeditados no consiguen su propósito o se frustran en el último momento, pero que no son conatos. Y la cosa ha ido netamente a peor desde finales de la década de los ochenta hasta hoy.
Seguramente no es algo que llevamos impreso en nuestros ADN, aunque, a decir de ciertos especialistas, hay una predisposición genética que puede llevar a quitarse la vida a varios miembros de distintas generaciones de una misma familia. Sin embargo, es probable que el clima y nuestra peculiar forma de habitar el territorio, que tanto cultiva la soledad, tengan mucho que ver con esta problemática, sobre todo en el medio rural, aunque también es verdad que esas zonas pierden población a borbotones sin que ello se refleje en una reducción proporcional de la tendencia suicida que venían registrando.
De lo que no cabe duda es de que la alta incidencia del suicidio en Galicia es una de nuestras señas de identidad más acusadas, algo que nos hace muy distintos de los demás, y en este caso para mal. Nos guste o no, el hecho diferencial de un país tiene también este tipo de componentes negativos. Peculiaridades en todo caso que, sumadas unas a las otras, configuran la singularidad galaica, nuestra propia manera de ser y estar en el mundo. De modo que quien quiera entender mejor la galleguidad no puede pasar por alto esa tendencia generalizada a la autodestrucción y lo que detrás de ella pueda haber.
En cualquier caso, la propensión al suicidio contradice uno de los sambenitos que los amantes de los tópicos gustan de colgarnos a los gallegos: el de pueblo resignado, que es como decir apocado o cobarde. Al margen de consideraciones éticas y religiosas, en última instancia el suicida es una persona valiente, que resuelve una situación angustiosa, a la que no encuentra salida, con un acto definitivo, sin vuelta atrás. Alguien a quien no le arredra el mucho dolor, propio y ajeno, que pueda generar con una acción dramática e irreversible. Que huye, sí, pero hacia adelante, con todas las consecuencias.
Por otro lado, mucho tiene que ver también con esa mentalidad suicida el bajísimo índice de natalidad que registra Galicia en las últimas décadas. En eso de no tener hijos tampoco nos gana casi nadie. Somos unos auténticos campeones del declive demográfico. Nuestra pirámide de población se parece cada día más a un ataúd. Y a fuerza de no reproducirnos, ni siquiera en tasa suficiente para asegurar la reposición generacional, como quien dice sin darnos ni cuenta, nosotros mismos nos destruimos como pueblo. Así de triste. Así de trágico.
Con razón decía aquel amigo mío que, mal que le pese a los nacionalistas, el problema de los gallegos no es la autodeterminación, sino más bien la autoterminación. Es que estamos acabando con nosotros mismos. Nos extinguimos irremisiblemente. A no tardar, pasaremos a la historia como los protagonistas de un auténtico suicidio colectivo, lento e indoloro, pero suicidio al fin y a la postre.
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