JOSÉ LUIS QUINTELA JULIÁN
Miren, el resultado final de la Cumbre de la semana pasada en Barcelona tiene tan poca chicha, que he decidido aligerar los dos artículos pendientes sobre la serie, y dedicar esta columna tanto a tratar la posición de España en la negociación -nada digno de reseñar, más allá del desánimo y de plantear en los corrillos que sería necesario todavía un tiempo, convirtiendo por ahora un tratado vinculante en una mera declaración política, como en Bali en 2007- como el resultado final de la cita. Y es que no crean que, tal y como está el asunto, se puede abordar este desde demasiadas facetas sin riesgo de no decir nada.
Dicen mis fuentes allí que todo se resume en pocas palabras. Y, sobre todo, en la constatación de que los Estados Unidos de América no están por avanzar en compromisos. Así de claro. Y a nadie debería sorprenderle esto, teniendo en cuenta la posición de tal país con respecto a Kyoto. Sí, ya sé que ahora es Obama el presidente, y que este ha manifestado explícitamente que son los más pobres los que están sufriendo el cambio climático, pero de ahí a que se anteponga todo ello a los intereses que están en juego, parece que no. Estados Unidos frena hoy la posibilidad de acuerdos que no sean estrictamente cosméticos en casi todos los temas en lid.
¿Y la Unión Europea? ¿Qué dice? Pues, sencillamente, tira la toalla, en un increíble cambio de posición que no se entiende muy bien... No se sabe si esto ocurre por pura desesperación ante la postura norteamericana o, de forma mucho más creíble, aprovechándola como excusa y así teniendo que autoimponerse menos obligaciones en tiempos de problemas intestinos y excesiva dispersión de criterio dentro de la federación europea?
Así las cosas, a los países más afectados se les sirve un menú envenenado: o no hay acuerdo, o este es francamente malo, porque nace mutilado por falta de apuesta política. Como respuesta, desde el G-77, que los aglutina, se ha intentado dinamizar la Cumbre. Y todo ello lanzando la denuncia de que los gestores de los países ricos no son capaces de ver a medio y largo plazo, quedándose en el corto. Eso y, además, anteponiendo los intereses puramente económicos. Una y otra cosa en vez de apostar por una visión holística del planeta dirigida a planificar los cambios -inaplazables ya- que tendrían una mayor proyección en el tiempo, y que no están en ningún momento encima de la mesa.
Pero esa falta de compromiso y visión por parte de los líderes políticos no se ha traspasado a las negociaciones técnicas. En Barcelona, como antes en Bangkok, se ha avanzado en bastantes de esos aspectos. Para empezar, ha habido avances importantes en reducir las incertidumbres que había sobre la mesa respecto a las fuentes de financiación de la ayuda climática. O en el control de las emisiones provenientes de la aviación y el transporte marítimo, en la lucha contra la deforestación o en el reconocimiento de las necesidades de adaptación.
Pero claro, todo ello sin una buena dosis de tres ingredientes más, que han de llegar necesariamente de las más altas instancias, no será suficiente. El primero es la audacia. Estamos en un momento en que hay que ir más allá, mojarse y apostar fuertemente por nuevas formas. El segundo es la ambición en los retos. Me dicen que era descorazonador escuchar a los representantes de la Unión Europea decir que el conjunto de acciones llevadas a cabo ya eran lo máximo que podían poner en juego. No hay ambición colectiva de llegar a más en esta materia. Y el tercero, para mi casi el más importante, es la capacidad de reinventarnos, de imaginarnos, de salir al cosmos y ver cómo queremos ser de mayores, qué sociedad queremos y por qué. Si los que marquen la tendencia van a ser los que están puestos ahí por los intereses meramente crematísticos de unos pocos, nunca tocaremos este aspecto. ¿A dónde queremos caminar?
Mientras esto ocurría en las mullidas butacas del Palacio de Congresos de Barcelona, no les voy a contar las condiciones en las que se está poniendo parte del mundo. Ya lo he hecho otras veces, y no me parece procedente rebozarse en la desgracia ajena. Sólo un apunte: se vive hoy peor en muchos sitios -menor rendimiento de las cosechas, falta de acceso al agua potable, más catástrofes humanitarias- y la excusa para no abordarlo no pueden ser las presiones de a quien le va bien así la situación para ganar dinero. Como si la Naturaleza entendiese de economía? Déjenme que les diga que este -las buenas prácticas climáticas, la adaptación y el asumir y paliar las consecuencias de la actual situación- es un ramillete de temas verdaderamente prioritarios.
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