JOSÉ MANUEL PONTE
Yo era un joven estudiante que perfeccionaba su inglés en Inglaterra durante las vacaciones, cuando empezaron a levantar el Muro de Berlín, de cuyo derribo se cumplen ahora veinte años con solemnes celebraciones. Lo vi por televisión desde la sala de estar de la casa donde vivía junto al resto de la familia Colledge en las afueras de Chesterfield. La chimenea estaba encendida porque el clima del mes de agosto en la isla es cambiante y se pasa del bochorno veraniego al frío otoñal de una hora para otra. El locutor de la BBC (entonces solo había dos canales en blanco y negro, el de la cadena pública y el de la ITV) le dio al acontecimiento un tono de gran trascendencia histórica, pese a que, en aquel momento, todavía se ignoraba en que pararía la cosa. Más o menos lo mismo que ocurrió cuando lo tiraron abajo 28 años después. Por entonces, los ingleses aun tenían fresco en la memoria el recuerdo de la II Guerra Mundial y de los azarosos tiempos que la siguieron con la declaración de la guerra fría entre los que habían sido aliados. La construcción del Muro de Berlín cogió a la gente por sorpresa en un mes de agosto vacacional en el que el suceso más atractivo era el encuentro de cricket entre Inglaterra y Australia, con los descendientes de los presidiarios deportados en ventaja y el fabuloso Peter Burge bateando en solitario durante tres días. Para el dueño de la casa, el señor Colledge, un masón en el seno de una familia metodista, la construcción del muro era la consagración definitiva de la división de Alemania, un país vencido y ocupado por cuatro potencias, que debía de pagar las consecuencias de haber desencadenado una guerra en la que habían muerto cuarenta millones de personas. Él mismo había combatido en el norte de África contra Rommel, bajo las órdenes de Montgomery, y sabía de qué hablaba. La animosidad contra Alemania era patente entre la población inglesa, que mitificaba su sufrimiento bajo los bombardeos alemanes, pero justificaba como un castigo divino los realizados contra la población civil alemana, que habían sido mucho más devastadores. En cambio, un familiar cercano por parte de su mujer, el señor Mason, lo veía de muy distinta manera. El señor Mason era uno de esos recalcitrantes comunistas ingleses, cultos, refinados y pro soviéticos, como esos espías que salen de las entrañas de las universidades donde se educa la élite. Una élite tan harta del aristocratismo feudal heredado como del populismo combativo, cervecero y viva la reina, que sostiene el tinglado. En su opinión, el Muro de Berlín tenía un carácter defensivo frente al acoso capitalista, y su construcción estaba perfectamente justificada. El señor Mason disfrutaba en su casa una selecta biblioteca y cultivaba rosas en el jardín pero se iba todos los años de vacaciones a Moscú, la patria del proletariado. Había aprendido algo de español para leer a los poetas de la generación del 27. "¡Ah, la Pasionarria, gran mujerrr !" me decía. Yo que era un joven estudiante venido de un país considerado como fascista, pero subordinado a los intereses estratégicos de los vencedores de la guerra fría, escuchaba todas esas opiniones con interés. Cuando ahora se revela que la primera ministra británica Margaret Tatcher estuvo en contra de la reunificación de Alemania, no veo de qué se sorprenden. Esa fue siempre la postura de la mayoría de los ingleses, y no digamos ya de los conservadores.