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áspero y sentimental

Blues de la bailarina ciega

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JOSÉ LUIS ALVITE Al estrenarme como redactor de sucesos temí durante algún tiempo que el desempeño de mi trabajo minase mi sensibilidad, endureciese mi carácter y quedase a partir de entonces incapacitado para acariciar a un niño sin pudrirle la cara. En una ocasión entré al amanecer en una panadería y tuve la impresión de que la gente me miraba como si mi presencia envileciese un negocio tan decente, así que me desentendí de la compra que pensaba hacer y volví a la calle. Después cambié de acera, entré en un bar y lavé las manos hasta dejarlas tan limpias que no pareciesen mías. Como tampoco eso parecía suficiente para mi redención, me enjuagué la cara hasta que el agua fría contrajo mis facciones distendidas por los excesos de la madrugada y reverdeció cierta decencia en mi rostro. Me pasé luego un peine para asegurarme de que el barman no sospechase que estaba sirviéndole café a un tipo que acabase de peinarse aprovechando el indecente sudor de una de aquellas juergas que me corría con fulanas que mismo parecía que se aseasen con requesón el pubis. Ahora sé que la mía era una obsesión absurda y que en realidad tenía un aspecto más decente de lo que yo mismo suponía, pero mentiría si no reconociese que durante muchos años cargué a cuestas con la idea de que los sórdidos ambientes del crimen habían transformado mi alma y ensuciado mi cuerpo, de manera que por muy penetrante que fuese, no habría un solo perfume capaz de camuflar aquel olor a pescado que en mi culposa imaginación de entonces atraía sobre mí el recelo de las chicas buenas y la interesada y hambrienta lealtad de los gatos más canallas de la ciudad. Como suponía yo que estaban las cosas, mi destino me condenaría el resto de mis días a frecuentar aquellos ambientes marginales en los que me había ganado a pulso las arrugas de la camisa, el mal aliento y el fracaso. ¿Y qué sería luego de los nobles sentimientos de mi adolescencia? ¿Estaría dispuesto a pagar con mi complicidad el afecto que por su propia conveniencia me demostraban cada noche las torvas criaturas del hampa? Y llegado el caso, ¿acabaría atracando una farmacia para completar con su recaudación mi insuficiente sueldo de periodista de sucesos? ¿Sería algún día víctima de las redadas policiales de las que tantas veces escribía? ¿Soportarían mis hijos compartir la acera conmigo? ¿Se inventaría acaso mi madre un cadáver como el mío para llevarle flores al cementerio al hijo que con tanta razón daba por perdido? Pensaba a menudo en estas y en otras cosas parecidas, persuadido siempre de que mi vocación supondría mi hundimiento moral y mi ruina, seguro como estaba de que tarde o temprano de mis sueños solo se me podrían cumplir las pesadillas. Un día descubrí que aunque bebiese leche, cagaba carbón. Mis principios morales se habían esfumado mucho tiempo atrás y ahora resultaba que empezaba a fallarme también la flora intestinal. Estaba sano y fuerte, es cierto, lo estaba, pero no más sano, ni más fuerte, que una manzana que supieses que quedaría hueca al extraerle el gusano. Aunque me iba bien entre las mujeres del arroyo, muchas veces me pregunté qué sería de mí el día que mi dinero no pudiese pagar su afecto y descubriese que me había hundido definitivamente en el lodo, como un estúpido soñador empeñado en la idea surrealista de encontrar un pozo de agua dulce en el fondo del mar. ¿Podría desandar como si tal cosa el camino y reincorporarme al mundo de las personas decentes como si nada de aquello hubiese ocurrido? ¿Tendrían mis hijos saliva bastante para escupirme a la cara? ¿Y qué habría sido de mi chica? ¿Habría otro hombre en la tarjeta del buzón de casa? ¿Me obligaría acaso el final de lo nuestro a mudarme en pleno verano con un par de camisas de lana y zapatos de goma a un lugar anónimo en la jodida lista de correos? Eso me pregunté muchas veces y otras tantas aplacé la respuesta hasta que nada tuvo remedio y seguí dando brazadas en el lodo mientras imaginaba que la chica de mis sueños regresaba a mi lado en la agonía con una frase con la que consideraría bien pagados mi trabajo, mis sueños y mi fracaso: "¿Sabes, maldito hijo de perra?, he vuelto porque sé que no tienes quien cierre tus ojos". Por suerte para mí, habría conservado hasta ese instante la sensibilidad que un hombre decente, sentimental y equivocado necesita para enfrentarse a la muerte como quien hace esperar a una de esas literarias mujeres del arroyo que pasaron por mi vida y la marcaron con una mezcla de belleza y miseria, como la habrían marcado las aplomadas pisadas de un criminal deslizándose entre el humo del garito sobre las labiales zapatillas de una bailarina ciega...

jose.luis.alvite@telefonica.net

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