JOSÉ LUIS ALVITE
Aunque mi presencia profesional en la radio ha ido discontinua y complementaria de mis trabajos en la prensa escrita, lo cierto es que se trata de un medio por el que siempre he sentido la verdadera y fascinada devoción que jamás despertó en mí la televisión, un invento que si no se sabe utilizar bien en realidad no sirve para otra cosa que para embrutecer a la gente, estropear los ojos y empobrecer el aire. Esa devota admiración casi religiosa me viene de cuando de niño acompañaba a mi padre hasta los estudios de Radio Galicia en la compostelana plaza de la Universidad, que se conserva intacta desde entonces, hasta el punto de que tantos años después de aquello todavía me entran noviciales nervios de debutante cada vez que me siento delante del micrófono de Onda Cero para cumplir -cuando cumplo- mi viejo y leal compromiso con Carlos Herrera, como supongo que se sentiría un viejo canónigo que entrase en la catedral con la extraña sensación de llevar encima medio quilo de marihuana y un revólver. Ya no sudo como cuando a principios de los años setenta Joaquín Prat me dio paso en su Carrusel Deportivo para que narrase en unos pocos segundos la jugada más reciente de un partido entre el Compostela y el Baracaldo que entraba aquel domingo en la quiniela, pero aunque haya perdido el pánico, conservo intacto el desconcertado fervor de entonces y la angustiosa duda recurrente de que en cualquier momento irrumpa en el oscuro timbre de mi voz el indeseado bemol de una soprano. Tampoco creo haber perdido un ápice de la admiración que sentí siempre hacia los grandes de la radio, ni olvido la impresión que me produjo la primera vez que hablé con Basilio Rogado, que se había venido a Compostela desde las alturas profesionales de la SER en Madrid con el ánimo diezmado por el reciente fallecimiento de su mujer y permaneció aquí unos meses antes de regresar a los estudios centrales de la Gran Vía para dirigir y presentar Cita a las Cinco acompañado en el reparto por la voz impagable de Rosa María Belda. Fue con Basilio en la dirección de Radio Galicia cuando me incorporé como columnista a un programa, Sólo para hombres, cuya conducción compartía mi padre con el inolvidable Ángel de la Peña en unos estudios con piano en los que el simple peso de una mosca con las alas sucias podría hacer crujir la desigual madera del suelo. Conocí allí a los últimos de una envidiable saga de locutores de voz aseada y una dicción casi sin saliva en la que incluso resultaban pegadizos el carraspero preparatorio y las elegantes pausas con las que recargaban sus pulmones sin perder jamás el compás o el ritmo. Isabel Carou fue la voz favorita de mi adolescencia y la que me mantuvo fiel a la radio hasta que descubrí la garganta limpia y envidiable de María Teresa Navaza, en cuya voz de seda cualquier hombre habría disfrutado a gusto el más hiriente de los reproches. De hecho, la Lorraine Webster recreada para las ficciones del Savoy me habla siempre al corazón del oído con la voz limpia e impagable de María Teresa Navaza, esa seductora diosa pagana de la radio por cuya amistad me habría peleado aunque por algún contrasentido fuese su peor enemigo. A veces escucho Make someone happy en la voz de Doris Day y sé que son los labios perfectos de María Teresa Navaza los que encarrilan en mi imaginación la inmejorable belleza de una canción que pensando en mi querida compañera suena siempre como la voz alternativa de Dios saliendo desde la concha del apuntador de cualquier teatro en Broadway. Mi fraternal compañera del oficio era en aquella Radio Galicia la voz más joven y brillante de un elenco en el que por muchas razones me resulta también inolvidable el elegante Arturo Rey, locutor flemático y shakespeareano que vestía chalecos Burverry de punto para asegurarse la declamatoria libertad de los brazos durante los paseos que se daba por el locutorio mientras ensayaba la lectura de cualquier folio como si se tratase de memorizar el parlamento más sublime de Hamlet, y solo se detenía cuando necesitaba aclarar la dicción con uno de aquellos sutiles y afinados carraspeos de conservatorio que Arturo resolvía con un británico gesto lleno de elegancia y contención del que solo él y David Niven parecían capaces. (Continúa).
jose.luis.alvite@telefonica.net