ÁNXEL VENCE
Si el anterior gobierno de modernidad y progreso se empeñó en venderles libros en gallego a los cubanos, la nueva Xunta conservadora se ha ido a buscar turistas chinos a Pekín, propósito que acaso tenga aún más mérito. Ya sean de izquierdas o de derechas, los gobernantes gallegos coinciden, como se ve, en dotar de exotismo a su política de asuntos exteriores.
Este fin de semana, sin ir más lejos, una avanzadilla gastronómica gallega ha lanzado en la capital de China el primer asalto para la conquista de ese vasto mercado de Asia con armas de tan comprobada eficacia como el albariño, el aguardiente y otras exquisiteces de la gastronomía de este reino.
Bajo el prometedor nombre de Galicia Wine Fine Dinner, la cata organizada en Pekín pretendía ganar clientela china para los productos autóctonos: una idea en modo alguno descabellada si se tiene en cuenta que la otrora monástica revolución de Mao Tse Tung ha acabado por alumbrar una copiosa casta de millonarios con chequera suficiente para darse un capricho de albariño o de lo que haga falta.
Más aún que eso, el gobierno de Feijóo quiso aprovechar la presentación de vinos y licores cordiales para vender los encantos turísticos de Galicia -y en particular los del Xacobeo 2010-a la presumiblemente sorprendida clientela de Pekín. Esta apuesta parece ya de mayor riesgo y es que, a pesar de ser gente muy viajera y capaz de montar un bazar en cualquier esquina, los chinos raramente hacen turismo en el sentido clásico del concepto.
Nada impide conjeturar, sin embargo, que el curioso capitalismo comunista del país de Mao acabe por generar la riqueza necesaria para que sus habitantes se decidan a ver mundo cámara en mano, como cualquier otro turista convencional. Y cuando eso suceda, bueno es que ya tengan noticia de que el Xacobeo los está esperando.
No sería la primera incursión de Galicia en los mercados de Extremo Oriente. Ya en tiempos de Don Manuel, la Xunta emprendió los trabajos de hermanamiento entre el Camino de Santiago y el del Kumano Kodo que en Japón canaliza las peregrinaciones de la religión sintoísta.
La tradicional si bien algo insólita amistad galaico-nipona alcanzaría aún nuevos grados de profundidad con el anterior gobierno bipartito, que logró hermanar a gallegos y japoneses alrededor del pulpo. Un plato nacional del que son tan devotas las gentes de O Carballiño como las del imperio del Sol Naciente.
Si los caminos del Xacobeo han acabado por confluir con los no menos espirituales de Kumano en Japón, tampoco ha de extrañar que el Gobierno de Galicia tantee el prometedor mercado de China a la búsqueda de turistas para el Año Santo y sibaritas a quienes colocarles nuestras cosechas de albariño.
Después de todo, las exportaciones gallegas a Pekín crecieron más de un 20% en plena crisis, aunque la balanza quede algo desequilibrada con la subida del 70% que experimentaron a su vez las de China a Galicia. Siendo como son, cada uno a su escala, dos emporios del textil, parece lógico que la superpotencia asiática y este pequeño reino del noroeste encuentren puntos en común para el fomento de sus relaciones comerciales. Resulta del todo natural y oportuno, por tanto, que el Gobierno gallego haya puesto una pica en Pekín con la ofensiva vinícola, gastronómica y turística desatada este fin de semana.
Ahora sólo queda esperar a ver si fructifica el ambicioso intento de modo que las calles de Compostela y las playas de las rías se llenen de turistas de ojos rasgados. La hipótesis parece tan lejana como la propia China, pero nada es imposible en este emprendedor país que años atrás quiso vender libros gallegos en el quimérico mercado literario de Cuba a golpe de mojito. De otra cosa, tal vez no; pero de imaginación vamos más que sobrados en la fabulosa tierra de Cunqueiro.
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