JOSÉ MANUEL PONTE
Hace cosa de dos meses, Ettore Gotti Tedeschi, que era el máximo representante del Banco de Santander en Italia, fue nombrado presidente del Banco del Vaticano (también conocido como IOR o Instituto para las Obras de la Religión). La noticia apareció discretamente en las páginas interiores de algunos periódicos españoles, pero no mereció mayor comentario pese a que la historia reciente de esa entidad, y la serie de muertes trágicas que se asociaron con ella, quizás pudiera haber provocado algún interés. No obstante, en la letra pequeña de la información se contenían datos muy jugosos y, en cierto sentido, inquietantes. Así, en el apunte biográfico sobre Gotti, ademas de señalar su condición de colaborador habitual del Osservatore Romano y profesor de Ética de los Negocios en la Universidad Católica de Milán, se destacaba que había participado en la preparación de la encíclica Caritas in veritate. Un documento en el que Benedicto XVI exige más justicia social y reglas más transparentes para el sistema financiero mundial, aquejado de una crisis de credibilidad. Al parecer, el nuevo presidente del Banco del Vaticano es un experto en esta clase de temas y ha escrito un libro de título muy sugerente, Dinero y paraíso, en el que reivindica la superioridad de un capitalismo inspirado en la moral católica frente a un capitalismo de estirpe protestante, que es el que viene dominando en el orbe financiero manejado por los cristianos (otra cosa, se supone, serán los capitalismos inspirados en la moral judía, en la musulmana, en la hindú, en la confuciana y hasta en la comunista a la manera china. Todo ello dando por cierto que el capitalismo se rija por algún tipo de moral). Con esas relevantes condiciones profesionales no es de extrañar que el Papa lo haya elegido para un cargo cuya misión principal consistirá en poner orden en el desastroso balance de las finanzas vaticanas y en la situación de guerra interna que vive la Curia desde la muerte de Juan Pablo II. Según afirma el corresponsal de uno de los pocos periódicos que abordaron este asunto, "el caos ha sido absoluto a partir de la llegada de algunos obispos y cardenales latinoamericanos, indios y del este de Europa, que han cometido un saqueo en toda la regla". La noticia es sensacional, pero desprende un sospechoso tufo racista. Que los obispos y los cardenales metan mano en la caja, como si fueran políticos o financieros de postín, ya no puede sorprender a nadie dada la relatividad moral de los tiempos que corren, pero que los ladrones sólo procedan del este de Europa o de naciones del llamado tercer mundo ya no es tan creíble. Al margen de que el llorado Papa Wojtyla fuese polaco, la trayectoria última del IOR no es precisamente ejemplar. El cardenal Marcinkus, que fue su director, era de nacionalidad norteamericana y estuvo involucrado en la sospecha de la quiebra del Banco Ambrosiano, o "banco de los curas", en las muertes de Roberto Calvi, y de Sindona, en conspiraciones mafiosas con la logia P2 y hasta se le llegó a relacionar con la muerte todavía no aclarada de Juan Pablo I, el Papa que pretendía limpiar las finanzas vaticanas y sólo duró 33 días en el puesto. La justicia italiana quiso procesar a Marcinkus, pero el Vaticano (un Estado dentro de otro Estado) no accedió a entregarlo. En cualquier caso, el nombramiento de Gotti es un éxito para el Banco de Santander. El señor Botín, con esa afición que tiene por el color rojo, puede acabar de cardenal. Condiciones tiene.