JOSÉ LUIS QUINTELA JULIÁN
Si usted le pregunta a cualquiera de nuestros conciudadanos o conciudadanas sobre cuáles son, en su opinión, los peores problemas a los que nos enfrentamos los gallegos, no aparecerán demasiados. Unos hablarán del desempleo, con razón, otros de la coyuntura económica, también con buena lógica, otros del retraso estructural de la economía gallega, y así hasta completar un bastante estrecho elenco de posibilidades. En general, todos nos ponemos bastante de acuerdo a la hora de señalar nuestras principales preocupaciones.
Pero pocas veces salta a la palestra un tema que a mí se me antoja que será el verdaderamente funesto en el futuro de Galicia. Hemos aludido a él otras veces en esta columna, pero por mucho que lo hagamos nunca nos quedaremos satisfechos. En este momento, la ocasión la pinta clara el reciente estudio del Instituto Nacional de Estadística, que acaba de publicar sus proyecciones de población entre los años 2009 y 2019. En términos de Galicia, el resultado no puede dejar de ser más estremecedor.
Y es que miren, el titular recogido por este periódico sobre el particular lo dice todo: sólo cuatro de cada diez gallegos tendrán edad de trabajar dentro de una década. Así, nada más y nada menos que el sesenta y dos por ciento de la población gallega será jubilada o menor de dieciséis años en el antedicho año 2019. Y yo me pregunto: así, ¿cómo se construye un futuro?
El caso es que la pirámide de población invertida es una de las principales espadas de Damocles a las que nos enfrentamos en Galicia. Quiere esto decir que, al contrario que en una pirámide normal, ancha por la base y estrecha en la cúspide --que representa las edades más altas-, en Galicia se está preparando la situación para una pirámide al revés. Una sociedad, por tanto, con pocos jóvenes, mientras que los peldaños más altos de la pirámide concentran el mayor activo demográfico. Este es el esquema de una sociedad que difícilmente se puede reinventar a sí misma, que tendrá serios problemas para procurar la fuerza de trabajo necesaria para mantener un sistema productivo razonable y que, sobre todo, avanzará fatídicamente en cargas derivadas del sostenimiento de los sistemas de pensiones y de cobertura de salud. Una sociedad, no cabe duda, con un serio problema estructural.
En estos años la inmigración ha sido uno de los principales balones de oxígeno del sistema productivo español. Esta aseveración, absolutamente innegable en términos cuantitativos, ha tenido su réplica -atenuada- en lo tocante a Galicia. Pero claro, en la situación actual los primeros que han sentido el duro mazazo de la coyuntura económica han sido muchos de esos inmigrantes. Muchos han tenido que irse. Y esto tendrá su repercusión, sin duda, en la situación que ahora dibujamos.
Con todo, en diez años tendremos que seis de cada diez gallegos dependerán de los otros cuatro. Qué difícil panorama en términos de sostenibilidad. Para revertirlo, no cabe duda de que a esto hay que darle un profundo vuelco. Pero, teniendo en cuenta el nivel real de renta de gran parte de las familias gallegas, ¿cómo se hará? Y, sobre todo, ¿con qué recursos?
Termino repitiendo que, sin duda, este es el principal fallo estructural de nuestra sociedad. Un grupo humano absolutamente hipotecado por ausencia de políticas reales de apoyo a la natalidad, y que tiene enormes visos de convertirse a medio plazo en una sociedad fallida. ¿Por qué? Porque usted y yo, querido lector o lectora, somos testigos de la crónica de una muerte anunciada expresada en una caída demográfica constante en nuestra querida nación de Breogán.
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