CELSO FERREIRO
. n tiempos de crisis, cualquier desfase presupuestario en las instituciones públicas llama la atención de la gente, si se delata mala gestión o si observa que los administradores son personajes conocidos por su irrelevancia, o pícaros que sólo se apuntan a los zumbidos remunerados. Cuando se conjugan los dos elementos, el resultado no ofrece sorpresas. La copiosa nómina que conforma el Consejo de Administración de la Autoridad Portuaria de La Coruña resulta pintoresca, tanto por su número como por su eficiencia. Si nos atenemos a la rentabilidad económica de las sinecuras, queda patente cómo la política consiste en tener empleo, y la idoneidad o el talento no exigen contraste. El titular de Puertos del Estado, nuestro ilustre convecino González Laxe, ex presidente efímero de la Xunta ("Laxe-Moto" decían, por su deseo de hacer de Galicia un pequeño Japón), debiera practicar cirugía sin anestesia en estos organismos de su dependencia, tan desfasados de gastos, e invadidos por la espuma de la nada. Resulta llamativa la nutrida presencia en la autoridad portuaria de funcionarios de la Delegación y de la Subdelegación del Gobierno, las dobles representaciones de la Cámara de Comercio y de Caixa Galicia, en esta última se incluye su vicepresidente y titular de la Diputación, o el capo de los Empresarios cuyo vértigo progresista le lleva a creer que el derribo del Muro es como la caída del ladrillo. Forman los consejeros como un banco de cazones, fieles a la cita de las grandes mareas, tan es así, que su agenda se supedita a los retribuidos cónclaves portuarios. Ante tantos abusos, la reacción ciudadana no existe, inoculada por el virus de la política, representado por esas caras que comunican todo lo contrario de lo que hacen.
. n los cinco lustros del mismo gobierno municipal, no se ha resuelto ninguno de los grandes problemas de La Coruña. Lo más notorio ha sido el puerto exterior, logrado por el alcalde Vázquez, tras ceder el Palacio Municipal al Consejo de Ministros, presidido por Aznar. La falta de visión es notoria y urge la necesidad de que los ediles se gradúen la vista en sentido común y afilen el magín para gestionar. Como hizo aquel alcalde de Coirós, cuando tuvo a mano a un ministro de Franco, que se le había averiado el automóvil de aquel punto. Resuelto el incidente, el ministro agradecido le dijo al alcalde qué necesitaba y él pudiera tratar de conseguir. "Una maestra", dijo, "la que tenía se jubiló y de vez en cuando nos envían una prostituta". El ministro entendió la demanda y, ya ausente, el secretario municipal afeó el regidor. "Sé muy bien lo que dije", le contestó. "Si le digo sustituta, al llegar a Madrid se olvida".