JOSÉ MARÍA ECHEVARRÍA
Sin la dicha de nacer en Toledo, cuando viene a cuento saco a relucir parte de mis raíces familiares, las toledanas, y me valgo de ello para entronizar a los naturales de allí. Me referiré a un toledano nacido de Ajofrín, enclave minúsculo al sur de la capital, a medio camino hacia Sonseca, que tuvo que abandonar el pueblo espoleado por el hambre y el resello de ser hijo de republicano, para ir andando a puro golpe de alpargata hasta Madrid, donde acabó multimillonario. Me refiero a Joaquín Franco Muñoz; para muchos, un perfecto desconocido; para otros, el patrón de las tragaperras Franco, el hombre que inundó media España con sus maquinitas de juegos de azar, y que murió el pasado 7 de noviembre a la edad de 70 años. Cito lo de ir andando con alpargatas, también con albarcas, que eran el calzado de los pobres de entonces en aquel inmenso éxodo rural de la posguerra hasta la gran capital, porque éste de Joaquín Franco es otro de esos casos de empresarios de relumbrón que surgieron de la nada. Ahora mismo me viene a la cabeza el de un pez gordo del textil catalán que me comentaba emocionado que él fue con espardenyes desde su aldea del campo tarraconense hasta Barcelona donde amasó una fortuna comerciando la lana. Al tiempo, este último se lamentaba de no haber sabido educar a sus hijos en el ambiente de penalidades y exigencias que a él le habían modelado para conseguir el éxito.