FERNANDO GONZÁLEZ MACÍAS
La gran pregunta es: si los gitanos no son hoy gente más problemática que hace diez o veinte años ni los payos nos hemos vuelto más racistas, por qué resultan tan difíciles los realojos. He ahí la cuestión de fondo sobre la que habría que reflexionar sosegadamente, antes de sacar conclusiones precipitadas a propósito de lo que está pasando en A Coruña con la eliminación de algunos asentamientos, un proceso que ahora mismo tiene en pie de guerra a cientos de vecinos.
Lo incuestionable es que en la propia capital coruñesa, como en otras ciudades de toda Galicia, a lo largo de los años 80 y 90 desaparecieron varios poblados chabolistas en operaciones aparentemente exitosas, que culminaron con sus moradores plenamente integrados, sin mayores problemas que se sepa, en vecindarios mayoritariamente payos. Y sin embargo, ahora todo son dificultades a la hora de abordar procesos similares, hasta el punto de que por parte de las instituciones públicas sólo se ponen en marcha si no hay otro remedio, o sea, cuando obligan a ello causas de fuerza mayor, como la construcción de infraestructuras de primera necesidad, en el caso coruñés.
Se manejan diversas teorías, algunas incluso contradictorias sobre las causas últimas del frontal rechazo que produce la presencia de familias gitanas realojadas en barrios periféricos de las ciudad, sobre todo en las llamadas nuevas zonas de expansión, integradas muchas de ellas por urbanizaciones de vivienda protegida cuyos habitantes son en su mayoría gente joven, trabajadora y con un modesto nivel de rentas.
Es terrible, pero los residentes en esas barriadas populares llegan a considerar una especie de afrenta de clase ser ellos, y no los habitantes de barrios acomodados, quienes acojan entre ellos a los realojados. Tal vez por eso dicen oponerse a que se creen guetos a base de reunir en unos cuantos edificios de las mismas zonas a docenas de familias gitanas cuyo comportamiento en los lugares de procedencia les situaba de lleno en la marginalidad y en la delincuencia.
Visto desde fuera, resulta difícil diferenciar ese rechazo a tener a los gitanos por vecinos de una actitud racista o xenófoba. Aún así, las oenegés que trabajan con la población gitana prefieren no hablar de racismo puro y duro, sino más bien de prejuicios sobre el peculiar modo de vida de esa etnia y, sobre todo, por su vinculación al mundo de la droga, que despierta la lógica alarma sobre todo en familias con hijos en edades problemáticas. Sin embargo, porque no suelen ser noticia, casi nadie repara en los enormes avances que, gracias a esas entidades, se registran cada día en la escolarización de niños y niñas, en su incoporación al mercado laboral. Tampoco se tiene en cuenta que los gitanos suelen ser minoristas en el mercado de los estupefacientes, al que se les ata de por vida, enganchándolos por la vía de la adicción, en lo que se parece bastante a un genocidio.
De un tiempo a esta parte empiezan a ser legión los partidarios de la disgregación. Consideran que de ese modo el problema no se resuelve, pero al menos se diluye. Las molestias siempre serán más llevaderas, dicen, si repartimos a las familias en zonas diferentes, a ser posible alejadas unas de las otras, y de ese modo también se dificulta la endogamia propia de los clanes y por tanto se propicia la integración (es decir, la asimilación).
Digámoslo claro. No es que los defensores de la solución disgregadora crean que vivir separados unos de otros hace mejores a los gitanos, cambiándoles la vida, sino que de ese modo se reparten los eventuales perjuicios entre mucha gente, en lugar de sufrirlos sólo unos cuantos. No se dan cuenta de que, sin quererlo, están aplicando aquello de mal de muchos, consuelo de bobos.
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