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Sostenibilidad

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CARLOS F. MONTERO CARLOS F. MONTERO ES ABOGADO AMBIENTAL Todos los presidentes de Gobierno constitucionales que España ha tenido se han distinguido, entre otras cosas, por haber aportado al argot nacional latiguillos y muletillas que han dado mucho juego a cómicos y humoristas. Todo comenzó con el predemocrático "elevar a la categoría de normal lo que es normal", de Suárez. Siguió con el cómodo "por consiguiente" de González y finalizó con el triunfalista "España va bien" de Aznar. No debemos olvidar la inestimable aportación de Don Manuel con su ya clásico, "y así sucesivamente" utilizado a modo de punto final. Es perfectamente comprensible que personas que tienen que hablar en público con frecuencia caigan en este defecto. Es un mal hábito que los buenos preparadores de oposiciones y profesores de oratoria y elocuencia corrigen con severidad pues pueden acabar por convertir, como diría Mc Luhan, el medio en el mensaje o el frasco en las pastillas. La última muletilla de moda es la sostenibilidad. Este no es más que el adjetivo calificativo de un concepto mucho más amplio e enjundioso, formalizado por primera vez en el informe que Gro Harlem Brundtland, ex primera ministra de Noruega, presentó, en 1987, a la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo de Naciones Unidas. Dicho informe, titulado Nuestro futuro común, define el desarrollo económico sostenible como aquel basado en: "Satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las futuras para atender sus propias necesidades". Es decir lo que cualquier buen padre de familia haría o hacía antes de la hipoteca o el ERE. Dejar algo para los que vienen detrás. En otras palabras. Si nos zampamos todo el atún rojo existente por encima de su capacidad de reproducción, lo más probable es que nuestros nietos jamás puedan disfrutar de un delicioso y auténtico sushi. La contabilidad capitalista gestiona al gramo, al milímetro o a la unidad, las existencias que están en el almacén porque es parte del capital circulante de las empresas y por tanto de su rentabilidad económica. Pero considera a las existencias del almacén tierra como infinitas. El problema surgirá cuando el almacenero planetario nos informe que no hay más petróleo, ni hierro, ni bauxita, ni agua, ni terreno cultivable y que, además, el proveedor ni está ni se le espera. De esto trata el desarrollo económico sostenible. Vivir de los intereses y no comerse el capital. Sin embargo este concepto, tan nórdico como futurista, se ha convertido en la última muletilla de moda entre nuestros jóvenes políticos y políticas. Todas las ocurrencias, ambientales o no, son sostenibles. Los presupuestos, el déficit o la subida de impuestos, son sostenibles. Sin ir tan lejos, el puerto exterior, el aeropuerto, la facultad de medicina e incluso los topónimos también son sostenibles. Y si algo no se hace o sale mal será porque no era sostenible. El problema surge cuando se utiliza este concepto en su verdadero ámbito. Así el Gobierno Zapatero considera sostenible producir electricidad quemando y subvencionando carbón astur- leonés y al mismo tiempo paralizar, por razones presupuestarias, el mercado tarifario de las energías renovables, sin el cual no existirían. No hay problema. Gracias a la crisis económica no consumimos mucha electricidad y parecerá que hemos hecho los deberes que nos mandaron en Kioto. En Copenhague no se lo creerá ni Durâo Barroso, pero tiene pinta de sostenible. El palabro parece ser que procede de una traducción del anglosajón, sustantability. Desgraciadamente la Real Academia no ha tenido a bien acogerlo en el seno de su Diccionario, por lo que nunca sabremos qué es realmente sostenible. El incumplimiento reiterado y contumaz de nuestro compromiso de Kioto, financiar las energías renovables, la intención de voto socialista en la cuenca minera astur-leonesa o la reelección de Zapatero. En caso de duda siempre podemos incluirlo en alguna disposición transitoria de la virtual Ley de Economía Sostenible. Mientras tanto recomendaría a la fontanería de Moncloa, una técnica oratoria infalible para crear mensajes tan largos como vacíos. Combinar aleatoriamente latiguillos. "Podemos elevar a la categoría de normal la sustentabilidad y por consiguiente, España irá bien y así sucesivamente". O sea, nada.

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