FERNANDO GONZÁLEZ MACÍAS
La asamblea constituyente de Máis BNG confirma por abrumadora mayoría a Carlos Aymerich como el nuevo líder de lo que algunos dieron en llamar el quintanismo, una corriente que aspira abiertamente a ser la principal referencia del nacionalismo gallego del siglo XXI, pero dentro del Bloque. Por ahora, no se plantean convertirse en un partido más del propio Benegá, ni mucho menos ir por libre. De hecho bastantes de sus miembros militan en micropartidos, como Penegá o Inzar, o en colectivos organizados. Todos ellos se sumaron a la aventura impulsada por la gente de Quintana con la condición de no renunciar del todo a su respectivas señas de identidad y a una cierta autonomía, tanto estratégica como táctica o funcional.
Los autoconsiderados renovadores no cuestionan la fórmula frentista. Por el contrario, reconocen que fue la que permitió al nacionalismo salir de una posición casi residual hasta llegar a disputar a la socialdemocracia del Pesedegá la condición de segunda fuerza política de Galicia y tener presencia en la política estatal. En Máis BNG están convencidos de que a día de hoy el frentismo sigue siendo la única garantía de que los planteamientos nacionalistas tengan un papel relevante en el escenario institucional, aquí o en Madrid y una presencia significativa en el entramado social de este país.
Claro que los herederos del quintanismo quieren cambiar a fondo las entrañas del Bloque de modo que resulte más acogedor para quienes conviven en su interior y a la vez más atractivo hacia afuera para los sectores galleguistas moderados, que siguen mirándolo con recelo por el control que sobre él ejercen las facciones más radicales del nacionalismo. En ese empeño de hacer más confortable la casa común, Máis BNG no está solo. Otros grupos más o menos organizados vienen actuando con ese mismo objetivo, a veces conjuntamente y otras por separado, frente al considerado enemigo común, la UPG, cuya hegemonía han logrado recortar considerablemente, eso sí, casi siempre por la vía de negociación más que presentándole una batalla abierta que saben perdida de antemano.
Estamos ante una especie de neoquintanismo. Ahora bien, Aymerich no es Quintana. Se trata de perfiles diferentes, tanto en lo personal como en lo político. Desde el puesto que ocupa, el actual portavoz parlamentario tiene acreditada una capacidad aglutinadora de la que carecía Quin incluso en sus mejores momentos, cuando gozaba del encanto del poder. Dicho de otro modo, Aymerich sintoniza mejor que el ex vicepresidente de la Xunta con los diversos sectores con los que hay que entenderse para reunir la mayoría suficiente a la hora de dar el deseado golpe de timón que haga posible el cambio de rumbo del Benegá y lo lleve a nuevos caladeros electores. Hasta los upegallos lo consideran más de fiar a la hora de sentarse a una mesa con él y le reconocen el gran esfuerzo que viene haciendo para tender puentes entre las distintas posiciones.
Ahora mismo, Aymerich es casi la única opción sólida y viable que tiene el BNG para reemplazar a Guillerme Vázquez como cabeza visible del nacionalismo gallego. Por la relevancia mediática que le confiere su trabajo en el Parlamento, Don Carlos es tanto o más conocido por la opinión pública que el actual portavoz frentista que, también hay que decirlo, nunca hasta hoy jugó a hacerle sombra, tal vez porque él mismo tiene clara conciencia de que, por el bien de la causa, es precisa una alternativa con garantías a su transitorio liderazgo. Porque en el Bloque opera la teoría del movimiento continuo llevada al extremo. Los reposicionamientos son constantes. Nadie está quieto. Tal vez porque, en contraposición a aquello que decía Alfonso Guerra sobre el PSOE, en el nacionalismo galaico el que no se mueve es muy fácil que se quede fuera de la foto.
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