SERGIO VENCES FERNÁNDEZ
Podemos leer, en las maravillosa fábula del Génesis bíblico -despojado ya de la más mínima pretensión científica e inspirado en El Gilgamés asirio- que Yahvé plantó, en medio del jardín de Edén -porque, en aquel entonces, hasta los dioses trabajaban "cuando los dioses, a la manera de los hombres de hoy, soportaban el trabajo y se sometían al esfuerzo"-, el árbol de la ciencia del bien y del mal. Y, allí, puso a Adán, creado de arcilla o barro, para que cultivase y cuidase el huerto. Pero le advirtió: "De todos los árboles puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, pues, el día que de él comieres, ciertamente morirás".
Para que Adán no se deprimiera, de tanta soledad, le sumió Yahvé en un profundo sueño y aprovechó tal letargo para extraerle una costilla de la que formó a Eva. Es decir, que la varona viene a constituir una parte alargamiento del varón, y no un ser autónomo o soberano. Nada singular que, al verla, exclamara Adán: "Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne". Tentada por la serpiente, comió Eva del fruto prohibido. Y, tentado por Eva, también comió Adán. Y el castigo fue desaforado, sobre todo para la mujer: "Multiplicaré los trabajos de tu preñez. Parirás con dolor los hijos (aún hay tarugos que se oponen al parto sin dolor). Y buscarás con ardor a tu marido, que te dominará".
Por algunos de estos indicios, bien podemos colegir que el Génesis nos describe el período neolítico de la historia de la humanidad. Después de cientos de miles de años de la época paleolítica en que los hombres eran nómadas, vivían de la caza, la pesca, y la recolección de los frutos silvestres, ahora se vuelven sedentarios y se dedican a la agricultura y a la ganadería. Caín mata a Abel porque éste, entregado al pastoreo, devastaba, con sus rebaños, las cosechas y los cultivos de su hermano. Quizá, por la misma razón, la lucha de pastores y agricultores, mató Rómulo a su hermano Remo.
Nos dicen los grandes antropólogos que el paleolítico fue "la edad dorada de la humanidad" (Jean Chavaillon), cuando era común la propiedad de los medios de producción; la mujer constituía la columna vertebral de la comunidad, ya que ella concebía, gestaba, paría, educaba y alimentaba a la prole a base de recolectar cuanto la naturaleza le ofrecía en torno a los asentamientos; existía el matrimonio de grupo, la poligamia, gozando de amplia libertad sexual tanto el varón (poliginia) como la hembra (poliandria); y, lógicamente, los hijos asumían el apellido materno y también la tribu de la madre, que era segura? (Los padres, entonces y ahora, eran y siguen siendo putativos, es decir, presuntos).
Con la revolución neolítica, se cambian, radicalmente, las tornas. El varón se hace cargo de la agricultura y de la ganadería, (Ernest Bornemann, en su documentadísimo estudio El patriarcado, pone el origen de este cambio en la invención del arado por el varón) y de sus frutos. Se instaura la propiedad privada de los medios de producción. Se le impone la monogamia a la mujer para que los hijos lo sean del padre, del que recibirán el apellido y la herencia. El varón sí podrá tener varias mujeres (seguir con la poliginia).
Sobre la mujer seguirá pesando, durante siglos, milenios, y hasta nuestros días, la maldición de Yahvé: El varón "te dominará". Y hubo teólogos medievales que les denegaron un alma racional. De ahí a ablarles el clítoris, prostituirlas, lapidarlas y asesinarlas, impunemente, si se las sorprendía en adulterio, todo estaba justificado: "La maté porque era mía", que decía el cuplé. No se ha de olvidar que estos mitos los escribieron, no las mujeres, sino los varones, es decir, los vencedores, tergiversándolos a su antojo. Y, como escribió Jean-Paul Sartre: El infierno son los otros. También Hitler acusó a los comunistas de incendiar el Parlamento de Berlín (habían sido los nazis) con lo que desplegó contra ellos tanta persecución como contra judíos, homosexuales, gitanos y razas inferiores. ¿No sería Adán, amo, señor y dueño y no Eva, el primero en saborear la ponzoñosa pero exquisita manzana? ¡Ay, Moisés, Moisés, que no me fío!
Lo estamos viendo con el tema de la interrupción del embarazo, en nuestro país. A nadie se le impone o prescribe que llegue a tan duro trance. En la época del nacional catolicismo, las hijas de los pudientes iban a abortar a Suiza o a Inglaterra. Las pobres abortaban bajo los puentes, en los tugurios más inmundos, sin las más mínimas garantías sanitarias. En los ocho años de gobierno de Aznar parece que abortaron unas quinientas mil mujeres. Y ni los obispos, ni los curas, ni los peperos, ni las monjitas alzaron la voz. (Hay quienes se preguntan por qué los obispos, los curas, los frailes, las monjitas, en vez de manifestarse contra el aborto, en vez de abusar de menores, no contraen feliz connubio, entre sí, y engendran cuantos hijos les envíe, pródigamente, el cielo). También cabría preguntarse si los varones, en caso de que fueran ellos quienes concibieran y parieran, soportarían que, sobre sus vientres, mandaran todos menos ellos mismos. Cuando, ahora, el Gobierno y las fuerzas progresistas intentan que las mujeres sean dueñas y soberanas de su cuerpo, que interrumpan el embarazo no deseado del modo menos traumático posible, se alzan contra ellas muchedumbres de fanáticos y fanáticas empeñados en imponer su moral a la inmensa mayoría de la sociedad. Si pudieran, como a Hipatia, filósofa y científica insigne (protagonista de la genial película Ágora de Amenábar), también las desollarían, azuzados por energúmenos como el obispo Cirilo -otro obispo, Teófilo, ordenó quemar la Biblioteca de Alejandría, en el año 391- al que, luego, elevarían a los altares. De haberse convertido Hipatia al cristianismo, hoy estaría, también, en los altares, no como mártir, pero sí como doctora y virgen.
Es la España de la sangre, de las hogueras, de las cabras tiradas vivas desde los campanarios, de los toros asaeteados por la multitud purulenta, de los perros de caza, ya inservibles, colgados de las alambradas? Siguen con la moral de las tres K(as) que dictó Hitler a las mujeres alemanas y que copió, con entusiasmo, el nacional catolicismo español y, a tenor de la cual, las tres funciones esenciales de la mujer serían: Küche (cocina), Kinder (hijos) y Kirche (iglesia). Y no deja de ser espeluznante lo que, en LA OPINIÓN, escribía, recientemente, Matías Vallés, bajo el título Antiabortistas que abortan: "De acuerdo con las elevadas cifras de abortos y de manifestantes antiabortistas que esgrimen los organizadores de la marcha de Madrid, al menos cien mil de los congregados han vivido una interrupción voluntaria del embarazo en su círculo más íntimo. Hijas, hermanas o madres de un contingente sustancial de los opositores al aborto han atravesado esa experiencia -dramática en todos los casos-, sin que se conozca la actuación de sus allegados, que la equiparan a un asesinato". ¿Cuándo, en este amado y desdichado país, pondremos en práctica lo que nos dejó escrito el gran ilustrado inglés John Stuart Mill: De su piel para dentro, el individuo es soberano?
Habrá, tal vez, excomuniones a destajo. Pero, fogatas, ya no podrán encenderlas, como hicieron con los padres de Luis Vives, con Miguel Servet, con Giordano Bruno?, y estuvieron a pique de hacer con Galileo Galilei.