ÁNXEL VENCE
Venezuela, que es junto a México la principal factoría de culebrones del mundo, va a innovar ahora este género -de tanto éxito en la Madre Patria- mediante el rodaje de telenovelas socialistas. Se ignora si Betty la Fea será la encargada de liderar esta revolucionaria conversión de la novela rosa en roja, pero estando de por medio el presidente venezolano Hugo Chávez casi cualquier hipótesis es posible.
Gran aficionado al género, Chávez pretende que las inacabables series televisivas de sobremesa tengan un "contenido social" del que a su juicio carecen las decadentes producciones capitalistas. Su modelo, poco conocido por aquí, sería el de las teleseries cubanas que al parecer tienen gran éxito en la isla de los hermanos Castro; aunque en realidad la devoción por las telenovelas le venga de la época en que purgaba condena en la cárcel por golpista. "No me perdía ni una", acaba de confesar Chávez con su habitual sinceridad y facundia.
Si la propuesta del siempre imaginativo líder venezolano tiene éxito, puede que pronto veamos en la tele a Luis Alberto Felipe declarándole a Amanda Patricia las profundas raíces antiimperialistas y bolivarianas del amor que le profesa. Los arrebatos románticos propios del género ganarán en intensidad gracias a la pasión revolucionaria que los guionistas van a introducir sin duda en las larguísimas y serpenteantes tramas del culebrón.
Nada cuesta imaginar que la mala -malísima- de la teleserie sea a partir de ahora una próspera hacendada capitalista que además de robarle el novio a su rival proletaria se dedique a explotar despiadadamente a sus peones. Ya va a costar algo más que la heroína protagonista del culebrón largue citas de Lenin o de Bolívar entre suspiro y suspiro por su amado, pero todo es cuestión de que los autores del libreto se esmeren.
Cierto es que resulta un tanto aventurado mezclar un género heredero de la novela rosa como éste con las proclamas de "contenido social" que Chávez desea, dado que -en apariencia- el socialismo y el melodrama no casan demasiado bien. Al contrario. La industria del culebrón es un invento típicamente capitalista que factura cientos de millones de euros y, a mayores, ha conseguido exportar su producción a todos los países del ámbito latino que le es propio. E incluso más allá. Alguna de estas teleseries, como la antes mentada Betty la Fea, llegó a desbordar los habituales límites de España y Latinoamérica para originar secuelas en países tan poco dados al género como Alemania, Estados Unidos, Holanda y Rusia.
Nada de ello ha de resultar un obstáculo para que el nuevo culebrón antiimperialista triunfe en esos y cualesquiera otros países del mundo. Revolucionaria en sí misma, la idea de Chávez tan sólo necesita de guionistas con el talento suficiente para desarrollarla de tal modo que Betty deje de ser fea y se convierta en una briosa luchadora a favor de los principios bolivarianos.
Contra lo que pudiera parecer, el género se presta a ello, habida cuenta de que el argumento más repetido de cualquier culebrón que se precie consiste en narrar los desvelos de una protagonista sin dinero por contraer matrimonio con un rico terrateniente del que se ha enamorado. En el camino hacia el altar, la pobre ha de enfrentarse generalmente a una malvada ambiciosa, soberbia y -en resumen- capitalista que le disputa con toda suerte de tretas el amor y la hacienda del chico de la película. No hace falta mucha imaginación para distribuir adecuadamente esos roles entre imperialistas y revolucionarias de tal modo que al final acaben triunfando el amor y el socialismo, como manda el guión.
Infelizmente, aquí en Galicia nos conformamos -como buenos conservadores- con series más clásicas basadas en el Don Camilo de Guareschi o en las andanzas de los capos del contrabando. Deberíamos aprender del contenido social de Chávez, que es en sí mismo un culebrón.
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