FERNANDO GONZÁLEZ MACÍAS
Como a todo puerco le llega su San Martín, ningún gobierno se salva de un Prestige, una ola de incendios forestales o un temporal. Antes o después ha de enfrentarse a situaciones límite, que ponen a prueba su capacidad de reacción y le sitúan a los pies de los caballos, en esa posición incómoda en que se ve sometido al juicio riguroso de los ciudadanos, empezando por los que le dieron su apoyo. Y está visto que a todos los gobernantes, sean del color que sean, les cuesta un mundo hacer autocrítica, tanto o más que aprender la lección para el futuro, porque siempre hay una próxima vez.
Las recientes nevadas caídas sobre Galicia dejaron en evidencia a los ayuntamientos de ciudades como Santiago o Lugo, que no estuvieron a la altura de las circunstancias. Los periódicos y los informativos de radio y televisión dejan constancia de la indignación de mucha gente de a pie, que todavía está esperando que las respectivas autoridades municipales les de las explicaciones pertinentes, una vez asumida sin ambages una responsabilidad que no pueden eludir, ni desviar, sin arriesgarse a que se dispare el cabreo del pueblo soberano.
Analizado en frío lo que ocurrió durante los últimos días que tiñeron de blanco media Galicia, está claro que la respuesta del Ministerio de Fomento y de la Xunta fue la adecuada. Actuaron de forma previsora y eficaz, dentro de sus posibilidades, siempre limitadas y que están en relación directa con la disponibilidad de medios humanos y materiales y la contundencia del meteoro.
Las redes de carreteras estatales y autonómicas canalizaron el tráfico con relativa normalidad, al igual que muchas de las vías provinciales, gestionadas por las diputaciones. Los problemas se concentraron sobre todo en los accesos e incluso en los corazones de las ciudades. Algo inédito a la vez que inaudito.
Las más céntricas calles de Compostela y de Lugo capital se convertían en ratoneras, en las que quedaron atrapados cientos de turismos, autobuses, camiones y hasta alguna máquina quitanieves.
Las principales avenidas tuvieron que ser cortadas al tráfico, de modo que no podían transitarlas ni siquiera los automovilistas que conducían vehículos con doble tracción o se habían provisto de cadenas. Fue preciso suspender el transporte público, dicen que para evitar males mayores. Muchos compostelanos y lugueses tuvieron que caminar para llegar al trabajo o a una cita médica, jugándose el físico por aceras resbaladizas.
Una vez más, falló estrepitosamente la coordinación entre administraciones. Fomento y Gobierno gallego -que está visto que entre ellos se entienden muy bien- aseguran que se ofrecieron a colaborar con los concellos y que alguno de ellos incluso declinó expresamente la oferta porque creyó que con sus propios medios le bastaría para afrontar la adversidad. Minusvaloraron lo que se les venía encima y sobreestimaban su capacidad de respuesta. Es verdad que nunca se habían enfrentado a nada igual en los últimos veinte años y cuando descubrieron que los resortes no estaban debidamente ajustados y que el caos iba a ser morrocotudo, ya era demasiado tarde. Pero cada palo tiene que aguantar su vela.
No es que sean muy celosos de su autonomía, que también. Lo que ocurre es que los ayuntamientos de las grandes ciudades caen con frecuencia en la tentación de la autosuficiencia. Les duele asumir que hay ámbitos en los que pueden ser ineficientes, por más que dispusieran de esos recursos que tanto reclaman. Su afán de asumir cada vez más y más competencias se vuelve contra ellos. Ya se sabe que quien mucho abarca poco aprieta. O sea, en el pecado llevan la penitencia.
fernandomacias@terra.es