SEGUNDO PARDO-CIÓRRAGA DE SANTOS
El 2009 se ha ido. Ha sido un año desmesurado en prácticamente todas sus facetas. Los escándalos Gürtel, Pretoria y unos cuantos más han afectado y afectan a prácticamente todo el espectro político. La corrupción ha campado por sus respetos y las formaciones políticas, sobre todo el PP y el PSOE, tienen que plantearse, muy seriamente, que no basta hacer reglamentos internos en donde se plasmen medidas contra aquellos que, haciendo uso y abuso de su posición, ensucian y llenan de basura a las instituciones y quiebran la confianza de la ciudadanía, sino que hay que actuar mediante acciones concretas que impulsen un cambio radical en la dinámica y en la vida de los partidos.
La partitocracia, lamentablemente, es una filosofía (por llamarle de alguna forma) que está presente en los partidos que actúan, por un lado, como asociaciones privadas y, por otro, como organizaciones de ámbito público. Lo malo de esta dualidad es que, en cuanto se instalan en las instituciones públicas, sus actuaciones las limitan a sus intereses privados y esto podemos observarlo analizando la actuación de cualquier gobierno local, autonómico o estatal en cuanto se refiere a los famosos nombramientos del llamado personal de confianza para ocupar las sillas de patronatos, consejos de administración, directores de área y demás esferas de lo público, semipúblico y privado, basándose para ello, en la mayoría de los casos, en unos supuestos méritos adquiridos por servir de alfombra, ser expertos en puñaladas, conspiraciones y traiciones internas en beneficio del líder que siempre se sentirá más seguro -en el poder- cuantos más sirvientes le rodeen para halagarlo y ¡cuidado! nunca contradecirlo. La meritocracia partidaria ha plagado los despachos de los políticos con funcionarios, comisarios políticos, conocidos vulgarmente como fontaneros, cuyos criterios de gestión solo responden a guiones prefabricados alejados, la mayoría de las veces, del interés común y en manos de militantes de limitados conocimientos que no lo tendrían fácil para conseguir un puesto de trabajo en lo privado y menos con las prebendas, regalías y remuneraciones que perciben en las instituciones públicas.
Gestionar lo público como algo privado es un abuso y es la cuna de todas las corruptelas, y aquí los partidos tendrán que acelerar, hilar fino, para restituir la credibilidad perdida. Hay que dejar claro que la mayoría de los cargos políticos son honrados pero habrá que proceder de forma adecuada y sobre todo eliminar a los presuntos corruptos al menor indicio, incluso antes de que actúen fiscales y jueces. No nos digan que casos como los que hemos citado y otros muchos no son de sobra conocidos por las cúpulas de los partidos. Así que más democracia interna, más transparencia, menos dedocracia a la hora de nombrar cargos y nada de papocracia.