JOSÉ MANUEL PONTE
A propósito de un artículo suyo sobre la censura en la prensa franquista, el eurodiputado del PSOE Antonio Masip, que fue alcalde de Oviedo entre otras dedicaciones políticas, me invita (a mí y a otros colegas) a contar alguna anécdota sobre las consignas que supuestamente recibíamos en "clave". Siento defraudarlo. Yo nunca recibí ninguna consigna y si alguien me la quiso dar, o no me enteré o no le hice ningún caso. En cambio, si he de reconocer que fui objeto de represalias y de fuertes presiones por lo que publiqué o autoricé a publicar según me dictaba mi recta conciencia profesional, tanto por parte de los franquistas como de quienes luego los sucedieron en el poder ya en la democracia formal y parlamentaria. Porque censura, querido Antonio, la hay de muchas clases y en todos los regímenes políticos y se ejerce en distintos grados de brutalidad o de sutileza. Por supuesto que esa falta de consignas no es mérito exclusivo de mi carácter, sino de la circunstancia favorable de haberme incorporado a la actividad periodística a partir de la Ley Fraga que eliminó la censura previa, aunque no la vigilancia política sobre lo que se publicaba. Ese relativo margen de maniobra permitía cultivar un género literario perifrástico y elusivo donde la sustancia de lo que se quería transmitir iba oculta entre líneas, dejando a la complicidad y a la astucia del lector la tarea de descifrar el mensaje. El desaparecido semanario satírico La Codorniz lo resumió muy bien en su lema La revista más audaz para el lector más inteligente. En cierta forma, yo adopté aquel estilo alegórico y me fue relativamente bien aunque por poco tiempo. En La Voz de Galicia publiqué unos diez artículos en el que el protagonista era un elefante que opinaba sobre cuestiones de actualidad. En uno de ellos el elefante asistía a una parada militar presidida por la Mula Francis en la que desfilaban unas mulas ex combatientes y cargadas de medallas. Prescindieron de mis servicios sin darme explicaciones. En El Ideal Gallego, de la Editorial Católica, publiqué otros diez artículos, el último de los cuales describía la llegada de un veterano líder a un estadio de fútbol donde iba a ser aclamado por la masa adicta. Algún avispado funcionario de los servicios de control del ministerio fraguiano creyó adivinar un cierto paralelismo con las demostraciones sindicales que presidía Franco en el Bernabéu y esa misma noche fui puesto de patitas en la calle. Por elemental prudencia decidí no volver a escribir por un tiempo, y ya en El Pueblo Gallego de Vigo, durante la etapa en que tuve mando autoricé las informaciones de Pepe Rey sobre el caso Reace (en el que estaba implicado un hermano de Franco y se produjeron dos extrañas muertes). Además, anunciamos en primera unas huelgas en Citroën y desvelamos los informes de Sanidad que dieron lugar al cierre por el Consejo de Ministros de la factoría que embotellaba el Agua de Solares. El periódico pertenecía a la cadena del Movimiento (integrada en su mayoría por medios incautados como botín de guerra a sectores republicanos), pero nunca recibí consignas de mis superiores, por raro que parezca. Quedará para otro día -si insiste el eurodiputado- contar mi experiencia en la materia en Asturias, en Madrid, y en otros lugares. Hay censura de muchas clases. Política, empresarial, gremial, religiosa y hasta dictada por la propia cobardía. En dictaduras y en democracias.