ÁNXEL VENCE
Apenas recuperada de los fríos y nieves de los últimos días, Galicia -tierra inclemente- acaba de sufrir un temporal con aires de galerna que dejó sin luz a más de doscientas mil viviendas del país. Esto no es Haití todavía, pero algo sí que empezamos a parecernos a la Venezuela de Chávez. Si allá sufren cortes de electricidad a diario siendo como son el quinto productor de petróleo del mundo, por este lado del Atlántico andamos igualmente a oscuras cada vez que el viento se subleva: y ello a pesar de que Galicia esté sobrada de embalses, de molinos de viento y de contaminantes centrales de carbón.
Ni el viento, ni el frío ni aun la nieve son fenómenos que puedan calificarse de raros en esta esquina noroccidental de Europa; pero lo cierto es que siempre nos cogen por sorpresa. Así ocurrió hace algunos años con el Prestige, uno de los muchos cascajos flotantes que circulan a diario por la autopista marítima de Galicia. Nadie fue capaz de prever entonces la llegada de un temporal que forzosamente habría de poner en peligro la navegación marítima y, por tanto, nadie tomó tampoco las necesarias previsiones para evitar que se produjese una catástrofe. Y luego pasó lo que pasó, como es natural.
Por fortuna, el vendaval de la pasada madrugada no coincidió con el paso de alguno de esos petroleros bamboleantes que tan a menudo surcan las aguas de nuestras costas: feliz circunstancia que acaso nos haya ahorrado a los gallegos la enésima marea negra. A cambio, cierto es, la ventolera privó de luz y teléfono a una considerable parte del vecindario de este país; pero esos han de ser sin duda daños menores en comparación con lo que podría haber sucedido.
Los temporales tienen la descortés costumbre de no llamar a la puerta cuando se acercan a Galicia. Se presentan sin avisar y, taimadamente, proceden a la destrucción del mobiliario urbano, de los árboles, de los tejados, de las líneas eléctricas y de casi cualquier cosa que se interponga en su brioso avance.
Para hacer frente a esos disturbios de la atmósfera disponemos, como es lógico, de unos servicios meteorológicos que en teoría debieran advertir de su llegada. A menudo lo hacen mediante todo un surtido de coloridas alertas amarillas, naranjas y rojas; pero no es menos verdad que en ocasiones -como la de ayer, sin ir más lejos- fallan más que una escopeta de tómbola.
Tan grande ha sido la pifia esta vez que hasta el propio delegado del Gobierno en Galicia, Antón Louro, se ha sentido en la obligación de expresar su asombro por la imparcial falta de eficiencia de los augures del tiempo: ya fuesen los que dependen de la Administración Central del Estado; ya, los de alcance autonómico. Alarmado por el despiste de los meteorólogos que ni siquiera intuyeron la arribada del temporal, Louro anunció que va a abrir una investigación en toda regla con el propósito de averiguar por qué fracasaron tan clamorosamente los vaticinios sobre el clima.
Los hombres del tiempo se defienden alegando que la borrasca de la última madrugada fue un fenómeno "inesperado" y por tanto imposible de predecir, hasta el punto de que los pronósticos pueden variar de un minuto a otro en estos casos. Razón no habrá de faltarles, desde luego; pero lo cierto es que esa explicación tal vez no contribuya gran cosa a tranquilizar el conturbado ánimo de los gallegos.
Bien al contrario. Si los augures encargados de adivinar el tiempo son incapaces de prever un temporal tan sólo unas pocas horas antes de su llegada, mucho es de temer que cueste tomarse en serio a sus colegas que profetizan un radical cambio climático para dentro de nada menos que cincuenta años. Gentes de buen conformar como somos por aquí, ya nos contentaríamos con que nos avisaran el día anterior, pero ni eso. La culpa ha de ser sin duda de los maleducados temporales, que llegan a Galicia sin siquiera llamar a la puerta.