ÁNXEL VENCE
Andan dándole vueltas los concejales de Moaña a la posibilidad de ofertar bautismos por el Ayuntamiento a mayores de los que ya dispensa en su catálogo de sacramentos la Iglesia. La idea del bautizo civil no resulta novedosa siquiera en Galicia, donde proporcionan ese servicio al menos otros dos concellos; pero aun así puede que siga resultando chocante para algunos. Si en el sacramento eclesial es el cura quien le echa unos padrenuestros y una rociada de agua bendita al párvulo, en el civil le toca al alcalde o a un concejal la tarea de leerle al bebé unos párrafos de la Convención de Derechos de la Infancia antes de entregar a sus padres una Carta de Ciudadanía equivalente a la partida de bautismo. Obviamente, el chaval no se entera de si está siendo bautizado por la Iglesia o por el Ayuntamiento, pero a quién le importa. En lo que a fin de cuentas acaban coincidiendo el bautismo religioso y el laico es en el banquete: y llegados a ese punto se acaba la discusión.
Pese a ello, el concepto de bautismo civil no deja de ser una contradicción entre los términos o lo que los literatos llaman un oxímoron: palabrón griego que significa "absurdo". Hablar de bautismo civil sería algo así como hacerlo de nieve negra, instante eterno, luz oscura o político honrado. O es sacramento -y por tanto, religioso- o es civil; pero difícilmente podrá tener las dos cualidades a la vez.
Nada tiene que ver, desde luego, con el matrimonio, que a fin de cuentas es un contrato vagamente mercantil entre dos partes al margen de que luego sea santificado o no por las iglesias. Hay gente que se casa por la Iglesia, por lo civil y hasta por lo criminal en algunos casos extremos; pero el bautizo es cuestión diferente.
Lo lógico sería que los no creyentes se limitaran a abstenerse de bautizar a sus hijos, como mandan la tradición y el sentido común. Se conoce, sin embargo, que alguna añoranza de los viejos usos religiosos está llevando ahora a gente que se dice laica -y por tanto, irreligiosa- a imitar los ritos de la Iglesia, tal que ocurre con este singular caso del bautismo civil.
Ya suscitó cierta sorpresa en su día que los gays se lanzaran a casarse con gran ímpetu y por los métodos más tradicionales -padrinos, anillos, lluvia de arroz, banquete y demás boderías- tan pronto la ley les permitió contraer matrimonio como es debido. En realidad son ellos el último baluarte de esta institución más bien caduca en la que se resisten a ingresar incluso algunos destacados miembros de la derecha menos conservadora. Tal vez opinen como Groucho Marx que "el matrimonio es una gran institución? siempre que te guste vivir en una institución, por supuesto".
Asombra un poco, si acaso, que algunas gentes autodenominadas de izquierdas se hayan hecho conservadoras hasta el punto de echar de menos las bodas, las bautizos, las comuniones y quién sabe si también los entierros, tan propicios para la práctica de las relaciones sociales. Sólo así se entiende esta curiosa moda que de momento afecta sólo al bautismo civil, pero que -ya puestos-podría extenderse a otros ritos sacramentales. Una vez inaugurado el catálogo, nada cuesta imaginar una confirmación laica en la que el alcalde impusiera sus manos a los catecúmenos o una primera comunión cívica con rapaces ataviados de tenista en lugar de almirante.
Bien se comprende que los alcaldes, despojados por la crisis inmobiliaria de su habitual -y gratificante- competencia sobre la recalificación de terrenos, quieran encontrar ahora nuevas ocupaciones en las bodas, los bautismos y otros oficios propios de la casta sacerdotal. Aun así, debieran caer en la cuenta de que ninguna imitación mejora el original copiado y que en materia de ceremonias y solemnidades resulta imposible competir con una empresa de la acreditada antigüedad de la Iglesia. Aunque a veces los alcaldes hagan milagros con los solares, eso sí.
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