JAVIER CUERVO
No confío en el futuro porque me quiere muerto. Lo acepto porque siempre ha sido así, pero no confío en él, no puedo, no me sale. El Estado tampoco me querrá vivo mucho tiempo cuando pase de activo a estorbo. A los nacidos en los sesenta del pasado siglo llevan desde que empezamos a trabajar contándonos que nuestros hijos no podrán cumplir el pacto generacional que hace que los trabajadores en activo paguen a través de sus nóminas las pensiones de los que ya han dejado la labor. En tiempos del socialista nuclear Felipe González querían que nos hiciéramos seguros privados, ahora lo dicen para que nos demos por enterados. En el intermedio, un relato aseguraba que no serían nuestros hijos los que pagarían sino los de los inmigrantes que trabajan de paletas o conducen las sillas de ruedas, pero hay tantos en el paro que no confío en lo que el futuro les depare.
José Luis Rodríguez Zapatero es de 1960, un lejano compañero de pupitre. Sus enemigos le achacan que, por seguir gobernando, le da igual 8 que 80. Sí le dan igual 65 que 67, este último el nuevo número mágico para las jubilaciones, más cerca de la jodienda y, al tiempo, del sexo oral. El Estado más cercano, mi autonomía, tampoco me quiere vivo en el futuro, salvo que me muera sano del todo, oye, una bendición, fue a atarse el zapato y como un pajarito, no se enteró de nada, yo firmaba por una muerte así. Y yo. O por una medicina que no reanimara cualquier cosa con cualquier consecuencia o por una medicina que facilitara el tránsito a voluntad, con todas las garantías y a pleno confort, como se acabará imponiendo si no nos tocan desgracias mayores, guerras, desastres y pandemias, que nos maten antes. En un futuro ideal habría un buen retiro y un buen sistema de salud, pero hay que desechar un presente de "sálvese quien pueda" privado porque el mercado no nos quiere ricos.