ÁNXEL VENCE
Probablemente harto de los desdenes que suelen lloverle a quien ha perdido el mando y carece ya del poder para repartir prebendas, el ex presidente Emilio Pérez Touriño abandonó ayer el escaño de diputado que era su última e inadvertida trinchera en la política. Así de breves son las glorias de este mundo.
Apenas un año después de haberlo sido todo en Galicia, Touriño ha pasado del ser a la nada, por decirlo en la jerga de Sartre. Primero perdió el Gobierno en unas elecciones que bien podría haber adelantado a su provecho; luego tuvo la elegancia de resignar la jefatura de su partido a las veinticuatro horas de la derrota; y, finalmente, ha renunciado a ejercer de diputado mudo en un Parlamento donde ya no pintaba gran cosa. Cierto es que podrá seguir disfrutando de los privilegios económicos y de boato que el reglamento concede a los ex presidentes, pero eso -por confortador que resulte- ha de constituir sin duda un magro consuelo para cualquier político.
Los romanos, expertos en largar latinajos memorables, solían exclamar: Vae Victis! (¡Ay de los vencidos!) en ocasiones como estas. La frase recogida por Tito Livio la pronunció al parecer cierto jefe galo tras sitiar, vencer y finalmente humillar a la ciudad de Roma con el incumplimiento del armisticio que ambas partes habían pactado. Casi dos milenios y medio después, aquella máxima sigue vigente y de lo más actual en esta Gallaecia donde la víctima de la última batalla del voto ha perdido uno tras otro todos sus poderes en el curso de un año. Lo peor de todo es que Touriño, a diferencia de los líderes de la antigua Roma, no ha sufrido el escarnio de sus enemigos, que bastante ocupados estaban en organizar el nuevo Gobierno. Bien al contrario, el vacío -esa extrema forma de ninguneo- se lo han hecho desde el mismo día siguiente a la derrota sus propios correligionarios, entre los que acaso figuren algunos de los que derramaban alabanzas sobre el presidente cuando tenía en sus manos la vara de mando.
Algo parecido ocurrió con el que fuera vicepresidente -o copresidente, según se vea- del Gobierno bipartito que Touriño comandó durante el breve cuatrienio de gerencia progresista vigente en Galicia entre 2005 y 2009. También el nacionalista Anxo Quintana pasó de ejercer amplios poderes en la Xunta y no tan extensos en su partido a verse privado siquiera del derecho a dar réplica en el Parlamento a quienes le habían derrotado en las urnas.
Aun así, el caso de Touriño resulta novedoso en la medida que ha abandonado todos sus cargos hasta el punto de renunciar -aparentemente- al ejercicio de la política activa (suponiendo que haya alguna política pasiva, por supuesto). No ocurrió lo mismo con su predecesor Manuel Fraga, que sigue dando guerra y sobresaltos a su partido en Madrid como senador: cargo para el que curiosamente fue elegido con los votos de los dos grupos de izquierda que antes lo habían apartado del trono. Sugieren los más maledicentes que de ese modo querían alejarlo a quinientos kilómetros de distancia, pero tampoco hay por qué prestar crédito a las murmuraciones.
Otro tanto sucede con Quintana, que ha pasado de (ex) vicepresidente de la Xunta a vicesecretario del Parlamento y presidente de un Instituto Galego de Estudios Europeos e Autonómicos desde el que, al igual que Fraga, contradice de cuando en vez las posiciones oficiales de su partido. Incluso en asuntos tan delicados y vidriosos como el de las cajas, por citar un ejemplo. Menos enganchado a las mieles de la política o acaso más dolido por el trato -nada benévolo- que sus teóricos camaradas le propinaron tras la pérdida del poder, Touriño acaba de romper ahora el último cabo que lo ligaba a la nave de la política. Al margen de lo que cada cual pueda opinar sobre su mandato, nadie podrá negarle elegancia y discreción: esas virtudes que sólo los caballeros exhiben en la hora de la derrota.
anxel@arrakis.es