MATÍAS VALLÉS
Incluso quienes han visto En tierra hostil y Avatar saben que sus directores respectivos estuvieron felizmente casados, antes de divorciarse. Para la parroquia ajena a sus películas, sólo el morbo conyugal justifica un interés somero por ambos realizadores. Kathryn Bigelow y James Cameron fueron un día los Bigelow. A juzgar por sus galardonados esfuerzos cinematográficos, el esposo retuvo la parte femenina de la pareja, en tanto que la esposa reclamó la testosterona acumulada durante la convivencia.
Los avatares del matrimonio Bigelow se resolvieron cuando su unión se adentró en tierra hostil -no sé si lo pillan-. El divorcio fue una bendición para su convivencia, y no sólo porque nada hay más intolerable para una persona que el triunfo de su pareja en el trabajo que comparten. En cuanto se liberaron del vínculo, se intensificó la relación de dependencia creativa que ha cambiado Hollywood con los dos títulos más taquilleros de su historia -Titanic, Avatar- y la película más barata que jamás ha conseguido una estatuilla sin espectadores, En tierra hostil.
Los ex Bigelow se consultan y consuelan continuamente. Como la mayoría de gobernantes, han descubierto que el matrimonio es una profesión. Por fin pueden afirmar que están productivamente casados. Retomando la estética que sólo nos ocupa subsidiariamente, los multipremiados son una pareja de adrenalistas, que practican el cine de excitación. Tuve que moderar mi conducción después de una sesión de Avatar, y En tierra hostil debiera titularse Adictos a la guerra. El dilema de los Oscars era que Bigelow derrotara a Cameron con una película influida por él, o viceversa, siempre desde la querella matrimonial. Era injusto concluir que "Hollywood premia al fin a una directora" -New York Times-. Anteponiendo el género, se humilla a la autora al presuponer que Hollywood ha cumplido con un criterio sexual y no profesional. En lenguaje cinematográfico, la Academia escogió al mundo descreído sobre el creador de mundos.
Los Bigelow son aplicables a nuestra experiencia cotidiana. En nuestras relaciones abusamos del tópico "mi pareja no me entiende", sumamente inexacto. En realidad, nuestra pareja no nos soporta, y el entendimiento resurgirá en cuanto nos alejemos a una distancia terapéutica. Hablo de oídas, claro.