RUFO GAMAZO RICO
Al que, como el cura del Pilar de la Horadada, da lo que tiene, no se le ha de exigir más; todo tiene un límite, y hasta la tierra, en rima del poeta, se cansa de dar flores. En sus días hizo fortuna el principio, humorísticamente expresado, del nivel de la máxima competencia personal. Un hombre va superando puestos en la profesión o en la política; en cada escalón hace méritos para ocupar el siguiente; pero indefectiblemente el último le advertirá de que ha llegado a su máximo nivel de competencia y más arriba solo cosechará fracasos. Además de nacer con los días contados, viene el hombre con alas demasiado cortas para los altos vuelos que ambiciona. A tenor del citado principio de Peter, resultaría curioso conocer el momento de inflexión de la competencia en la vida de personajes famosos; quizás encontraríamos los motivos del fin de exitosas trayectorias que parecían firmes y duraderas. Es fácil no advertir ni aceptar que alcanzado el máximo nivel de competencia, se inicia la cuesta abajo. La teoría vale igualmente para las mediocridades, teniendo muy presente que todo es relativo. En todo caso, la competencia hace evidente la idoneidad en el cargo; no todos los políticos sirven para todo: ya advertía San Pablo que no a todos les estaba permitido ir a Corinto. Todos tenemos nuestros carismas, me recordaba en cierta ocasión el obispo Uriarte, a propósito de una interpelación mía acaso impertinente. Traigo esto a colación porque opino que es conveniente examinarse antes de aceptar un puesto; o un cargo, que aunque lo parezca, no es lo mismo; al menos denotan una disposición distinta en el sujeto; por eso alguien definió la jefatura como una carga. Es poco probable que un político profesional se haga consideraciones de esta naturaleza. La ambición política, a la que no se le reconocen límites, se explica y justifica en sí misma: su lema es el de la vieja canción burlesca, Todos queremos más. Por ambición un político puede pasar de competente reconocido y admirado a incompetente señalado por el dedo de la negación y la rechifla. No es absurdo suponer que un ascenso político llegue a significar que se pierde un buen alcalde y se gana un mediocre ministro. He conocido ministros y un jefe de Gobierno que añoraban su alcaldía como la etapa más gratificante de su trayectoria pública, corrientemente larga, pues la política es como el rascar. Me atrevo a escribir que en algún momento el ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, ha memorado con justificada nostalgia sus tiempos de alcalde de Hospitalet del Llobregat. Allí alcanzó justa fama de buen edil; el alcalde que el pueblo merecía, según se ha comentado. El arriscado momento de la situación nacional no es el mejor para demostrar condiciones de ministro, y concretamente, de titular de un departamento que ha de soportar los peores efectos de la crisis. Sentirse incapaz de dar soluciones es causa de ofuscación. Corbacho ha hecho una declaración de la que seguramente se arrepiente. No parece coherente que el responsable de la Seguridad Social aconseje (y hasta predique con su ejemplo), invertir en planes privados. Es claro que los que no ganan, no pueden constituirse en previsores y en parte responsables de su porvenir. En todo caso, el consejo del ministro, racional en sí mismo, es ciertamente muy inoportuno; cuando, con razón o sin motivo probado, se teme por el futuro de los pensionistas, la declaración es como mentar la soga en casa del ahorcado.