JOSÉ LUIS QUINTELA JULIÁN
. stoy dándome cuenta de que, últimamente, parece que me encuentro en una etapa de pérdida de algunos referentes importantes para mí. El otro día les hablaba sobre el óbito de nuestro amigo y ejemplo Manuel Espiña. Hoy, con algunos trazos comunes, me ha asaltado una llamada telefónica con la información de que había fallecido Julián Bernal, un deportista que nos ha enseñado muchas lecciones en estos años de carreras populares compartidas.
Había hecho ya los deberes, y la redacción de LA OPINIÓN recibió temprano mi artículo, escrito en León. Pero, maravillas de la técnica, me he enganchado a internet en Oviedo, y corro raudo a reescribir estas cuatro líneas. Julián lo merece. Y lo que ha representado en estos años también.
Porque Julián no sólo es un campeonísimo en su tramo de edad en las carreras populares. Si sólo considerásemos ese aspecto de su vida, ya sería en sí un ejemplo. Un hombre que, al quedarse viudo, opta entre el deporte y las cartas en el café. Y Julián no se corta, elige lo primero, y a partir de ahí es el habitual más querido y admirado de las carreras.
Decía yo antes que yo no miro sólo con esos ojos a Julián Bernal. No. Es algo más. Para mí, y aquí la similitud con Manuel Espiña, Julián es una de esas personas que refuerzan la teoría -que ya saben que yo hago muy mía- de que la senectud no es incompatible con la vitalidad, que se puede innovar a los ochenta, que se puede dar ejemplo al mundo peinando nutridas canas, y que el espíritu joven es independiente de la edad cronológica. Claro que sí. Sin duda. Y Manuel y Julián son dos ejemplos de ello, que han sentado un bonito ejemplo entre los que venimos detrás.
Julián ha sido la guinda que colmó mi satisfacción en muchas de las carreras en que he participado en estos años. Terminar en la meta, a veces cumpliendo el objetivo y a veces no, no estaba cumplido hasta que, a su ritmo -que era el mejor en su categoría- entraba Julián Bernal y culminaba la faena. Con ilusión y esfuerzo, con denuedo y compromiso. Como todos los demás.
Entiendo que para su entrenador e hijo, Jesús, estos son momentos difíciles. Pero me gustaría decirle que tenga claro que a mí me gustaría correr así mi última carrera, casi con las zapatillas echando humo del impacto en el asfalto, y con la alegría de ser un ejemplo vivo para una sociedad que no siempre entiende la lógica y los valores del deporte. Julián sí, y eso lo tenemos muy claro los corredores y corredoras populares, que siempre hemos visto en nuestro amigo mayor un espejo al que querríamos mirarnos.
No estaré en Galicia estos días y eso me apena, porque me gustaría asistir a su acto de homenaje. Seguramente lo haría en mallas y camiseta, así natural, para reencontrarme una vez más con una de esas personas con las que he coincidido en los caminos de tal guisa, desprovistos de todos los aditamentos superficiales de esta carrera que es la vida. Ahora Julián ha comenzado su última carrera y yo, permítanme que lo haga con luz y taquígrafos, recuerdo vívidamente y con cariño su figura entre nosotros.
Si al final del día la agenda me concede un respiro y la Luna está de mi parte, me subiré corriendo al Alto del Naranco. Allí, entre sudor y estrellas, entre el reflejo siempre mágico de Oviedo y, quizá, el brillo del mar en el entorno de Gijón, veré la estela imborrable de nuestro amigo, calzado en nuestro corazón de corredores con sus zapatillas para rodar por el Paraíso.
Julián Bernal, campeón, descansa en paz.
jl_quintela_j@telefonica.net