ARTURO LEZCANO
. l recinto estaba a reventar, hasta y plus ultra de sólunabandera.
Después de lo de Cataluña, ostensiblemente manipulado por el nacionalismo catalanista, urgía poner la tilde sobre la ñ.
Era la gran ocasión mediática para acallar de una vez por todas a la contumaz antiEspaña.
La primavera en puertas florecía sobre el terreno que, por cierto, no cubría con imperial manto de armiño la Meseta, sino la perla del Mediterráneo en la falda de Montserrat. Una clara premonición del futuro inminente.
Los taimados hijos de Cataluña con extranjerizante ny desviaron la atención hacia la enemiga contra otra de las más castizas manifestaciones del genio español. A pesar, en este caso, de los creadores internacionales que, en prosa y verso, cantaron la postromántica bravura de la piel de toro.
La esperanzada corregidora comunitaria tenía preparada una segunda triunfante declaración de BIC, que no era un bolígrafo para echar la rúbrica. Era la proclamación como Bien de Interés Cultural de 11 trajes blancos de luces 11 con un escudo redondo que, sobre morado, lucía el totémico toro de Osborne.
En los graderíos se oía ya el clamor del ¡olé, olé, olé, olé. Oé, oé! brindado a los campeones.
Mas he aquí que, un aciago miércoles de marzo, franchutes y mamelucos perpetraron la sorprendente repetición histórica del 2 de Mayo y entraron en Madrid por Chamartín.
El ruedo vuelto rectángulo estalló dentro de la última burbuja de Florentino.
Abatidos encima del ruedo ibérico, los fieles mascullaban a pesar de todo la letanía tan cara a un querido amigo nuestro de enseñanzas libres e ilustradas: "España de glorias milenarias, cuna de santos, héroes, monjes" y? diestros.
Pero como se pregunta mi primo el pragmático: "¿Cuántos toreros han muerto y cuántos toros?".