CAMILO JOSÉ CELA CONDE
. stos últimos días la reflexión acerca de la locura del tiempo que padecemos se une a la perplejidad, por mi parte al menos, de lo atinado de las predicciones meteorológicas. La chica del tiempo, que no sé por qué pero ahora son sobre todo chicas y no chicos quienes nos adelantan lo que nos espera, ya lo había anunciado desde la televisión: viento, frío, agua y nieve. Nada por otra parte extraño en los inviernos pero tan común ahora que hay para sorprenderse, sobre todo cuando los expertos dan por seguro el proceso de calentamiento del planeta. ¿Calentamiento con nieve incluida? ¿Cómo se come eso?
Lo que le está sucediendo a nuestro clima es que se vuelve aún más caótico. Pero surge entonces otra pregunta: ¿si apunta el desorden, cómo es posible que las chicas -y los pocos chicos que quedan- del tiempo acierten tanto? El conocimiento del caos tiene un nombre: complejidad.
Poner orden -en forma de sabiduría- en el caos es, además de ciencia, capacidad de cómputo. La revista Nature se ha hecho eco a tal respecto de la puesta en marcha de una docena de laboratorios que, en todo el mundo, están realizando modelos de simulación -y predicción- del cambio del clima del planeta gracias al uso de supercomputadoras masivas. La de Exeter, en el sur del Reino Unido, tendrá listo una versión segunda del Hadley Centre Global Environmental Model (HadGEM-2, en su acrónimo inglés) a lo largo de este año. La clave de los progresos realizados consiste en añadir más y más variables a las ya utilizadas para poder entender el clima global, en combinar nuevos datos como son los de los cambios en el tamaño de selvas y bosques o el número de las partículas fluorocarbonadas libres en la atmósfera. Gracias a ese zarpazo colectivo a la complejidad se espera poder presentar al Panel intergubernamental sobre el cambio climático un modelo preciso de predicciones en el año 2013. Pero, ¿cuánto de preciso, a los efectos prácticos?
La respuesta puede ser desesperanzadora porque intervienen dos factores de incertidumbre. El primero, de índole académica: quedan muchos factores por considerar para que los modelos del caos acierten con mayor rango de precisión. Por poner un ejemplo, HadGEM-2 toma en cuenta el metano liberado en la atmósfera por los humedales pero no calcula todavía el que genera el permafrost de las regiones árticas. La segunda fuente de dudas acerca de lo que podemos esperar es política. La catástrofe de la nevada de Cataluña de la semana pasada había sido anunciada de antemano y con tiempo suficiente como para tomar medidas. Pues bien, un alto cargo de la Generalitat tiró del cinismo al excusar sus carencias amparándose en que no se les había dicho que fuera a nevar tanto.