FERNANDO GONZÁLEZ MACÍAS
. l mal llamado debate sobre el estado de la autonomía se desarrolló este año en un escenario completamente inédito, en un contexto socioeconómico adverso, que nunca antes se había dado y que lo envuelve todo. También los actores protagonistas, por lo menos los principales, se estrenaban en sus respectivos papeles, sin haber tenido apenas tiempo para ensayar. Es lo suyo que ninguno de esos factores se pase por alto a la hora de analizar en sus justos términos todo lo que dieron de sí estos dos días en el Pazo do Hórreo.
Estamos atravesando, a decir de los expertos, la más grave crisis económica desde que Galicia disfruta de autonomía. Por primera vez, en 2010, un gobierno gallego vio reducido su presupuesto. Hasta este año, las arcas de San Caetano siempre fueron engordando y sumando más y más recursos con los que financiar las políticas públicas en un ámbito competencial que tampoco dejó de ampliarse y de crecer, aunque no siempre de forma proporcional a las disponibilidades presupuestarias. He ahí un dato clave para entender lo que está pasando.
Eso tendría que haber condicionado los mensajes de unos y otros, empezando por los análisis de la situación. Sin embargo, hubo fases en las que se pasó por alto, no ya lo adverso de la coyuntura económica, sino sobre todo el escaso margen de maniobra con que cuenta un gobierno autonómico para enfrentarse a una situación tan adversa como la actual, dadas las singularidades de una crisis que por algo ha sido definida como la tormenta perfecta. No es serio que el gobierno se atribuya y la oposición le exija aquello que, aunque quisiera, no puede hacer, porque carece de competencias reales, ahora que las grandes decisiones de carácter financiero o tributario no se toman ni siquiera en Madrid, sino en los despachos de Bruselas.
Por otro lado, este es el primer debate sobre el estado de la autonomía al que todos los partidos acuden después de haber asumido alguna responsabilidad de gobierno. Ya ni el Bloque tiene el beneficio de la duda. No hay nadie inocente. Completada la alternancia con la experiencia del bipartito, cada uno responde de sus hechos, además de sus propuestas, y a todos se puede pedir cuentas o sacarle los colores por las contradicciones entre el discurso y la gestión. Eso determinó el meollo del pleno, en el fondo y en la forma.
El presidente se estrenaba como tal. Un año después de la investidura, Alberto Núñez Feijóo confirmaba su alternativa en el ruedo parlamentario. Pero también debutaban en la plaza como primeros espadas Pachi Vázquez y Carlos Aymerich. A los tres se les notó cierta bisoñez. Alguno casi no cabía en el traje. Ninguno estaba del todo cómodo en su papel, y cada uno parecía tener un público propio -su electorado- al que quería agradar y con eso le bastaba. Bien mirado, nadie se dirigía al conjunto del tendido, a la gente del común, la que no ve precisamente los toros desde la barrera, porque tiene que torear a diario el morlaco de la crisis. Y eso que al final es el respetable quien juzga la faena, el que da o niega las orejas.
Aquí, entre nosotros, este tipo de debates, por su propia naturaleza, nunca tuvieran demasiado sentido. No sirven para nada. Son propios de otra cultura política, la anglosajona, donde la confrontación de criterios no es un fin en sí misma, ni se concibe como un espectáculo, sino como un mecanismo fundamental para la toma de decisiones, tanto de los que gobiernan como de los que se oponen. Y es que en las democracias más maduras, la oposición tiene un papel clave, tan importante como el de quien manda. Además, el que lo asume suele tomárselo muy en serio. Y se lo trabaja.
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