MATÍAS VALLÉS
Cinco mil millones de personas en todo el planeta saben que David Beckham se ha lesionado. Aventajan en número a quienes están al tanto de la muerte de Jesucristo o de Mahoma. Cuatro mil millones de personas localizan la lesión del jugador británico en una extremidad inferior. Hasta tres mil millones identifican la pierna afectada como la izquierda. Dos mil millones concentran el foco del desastre global en el tendón de Aquiles. Mil millones pueden situar esa región muscular, merced a los instructivos gráficos de la prensa deportiva.
Cien millones de personas en todo el mundo saben que el citado tendón no está bautizado en honor a un delantero brasileño, sino a un personaje griego ya fallecido. Diez millones recuerdan haber visto una película al respecto, protagonizada por Brad Pitt y que se titulaba Troya. Un millón de personas no ignoran que se basa someramente en un libro clásico, la Iliada. Cien mil personas conocen el nombre de su autor. Mil personas habrán repasado el argumento de la narración, picados por la curiosidad. Cien personas buscarán "tendón de Aquiles" en Wikipedia. Diez personas en todo el mundo leerán la obra original de Homero, gracias a la labor de difusión cultural auspiciada por David Beckham, con la colaboración entusiasta de la prensa planetaria. Una vez más, se plasma el poder del deporte en la formación de la humanidad.
Beckham ha sido crucificado a unas muletas. Su martirio en aras de la cultura mundial ha sacudido al planeta, con más fuerza que el regreso de Tiger Woods tras una vida consagrada al adulterio. Es peligroso subestimar el poder destructivo del astro británico. En su momento acabó para siempre con la carrera de trofeos del Real Madrid y, al igual que Sharapova, sólo gana batallas lejos del césped, aun reconociendo que viste los calzoncillos como nadie. Una persona en todo el mundo ha brindado con champán por una lesión que le resuelve un problema. Se llama Fabio Capello, seleccionador inglés.