CARLOS ETCHEVERRÍA
La muerte es un aspecto de la vida, y mientras esta surge de un modo azaroso aunque previsible, su inevitable cesación está al alcance de la voluntad. Venimos al mundo sin pretenderlo, por la conjunción de una serie de factores ajenos a nuestra decisión, y nos despedimos de ella sin remedio ni posibilidad de manejar el punto de llegada, pese a pertenecer al ámbito de lo disponible.
La prohibición de ejercitar la facultad de fijar el momento de morir, de disponer libremente de la vida, es contraria a la potestad de obrar de los seres racionales. De forma contraria a los animales, el ser humano puede elegir entre el instinto y la razón. Contrariamente a lo que se dice, el instinto de supervivencia de la especie no corresponde a un valor en sí mismo, pues la naturaleza está sometida a cambios permanentes que de forma constante evolucionan hacia formas de vida superiores.
Si la vida es lo más preciado, a nadie que no sea uno mismo corresponde ponerle final. Matarse a sí mismo no es un contrasentido de la vida, sino la facultad de gobernarla libremente. Solo desde el mito o el credo se puede proscribir el suicidio. Los andaluces han estrenado una ley que permite abreviar el tránsito doloroso. Bien está, pero la proclamación de ese derecho a una muerte digna no es sino excusa para dar un rodeo o soslayar la legítima aspiración a elegir el momento de la despedida. Esa manía de ceder a la sociedad lo que pertenece a la esfera de lo propio tiene un origen religioso basado en la afirmación creacionista de que a dios se debe la vida y a él le pertenece. Un estado laico no debe estar comprometido con las ideas religiosas hasta el punto de adoptar sus normas, en detrimento y asfixia de otros sentimientos alojados en el seno de la sociedad. Vivir no es un deber sino un derecho. Quien no desea la vida podrá ser condenado a penas eternas por su heterodoxia religiosa, pero el Estado no debe castigarlo sino protegerlo y ayudarle en su propósito. Mientras tanto, quienes imponen nuestros destinos desde la fe cometen delitos contra su dios y contra la humanidad sin importarles la vida de los demás. Miles de sus pastores han abusado de inocentes a su cargo, sin importarles la clase de vida que por su aberrante conducta hayan de arrastrar en el futuro los pupilos. Sin que tengan la oportunidad de liberarse de tan pesada carga decidiendo que no vale la pena vivir. ¿Les negarán también el derecho a morir?
No es de la incumbencia de nadie sino del propio sujeto, valorar los motivos por los que se quita la vida. La consideración de que pudieran arrepentirse es pura falacia, además de indemostrable en la práctica. Lo significativo del caso es que nunca falta quien esté dispuesto a salvar al que no pide ayuda. Estaríamos apañados si nos prohibieran caer en todos cuantos posibles errores cometemos a diario.