JOSÉ LUIS ALVITE
Ami amigo D.M. le pagué de mi bolsillo una chavala en La Dama del Lago, subió con ella a una habitación y media hora más tarde regresó a mi lado en la barra con la noticia de que ni siquiera había sido capaz de desnudarse. Ella no pudo ocultar su contrariedad por lo ocurrido. En un momento que mi amigo se ausentó al retrete, la chica se sinceró: "No fue culpa mía -dijo-. Ya sabes cómo me esfuerzo y que una vez hice gritar gol a un mudo. La cosa es que tu amigo se empeñó en darme conversación. Así se nos fue el tiempo. He cobrado mi dinero pero me sabe mal que no haya disfrutado. Si quiere conversación, ¿por qué no se va de juerga a una cabina telefónica? Digo yo que aquí se viene a lo que se viene y que es de estúpidos andar regalando el dinero". "¿Y de qué habéis hablado?". "De Platón, de Sócrates? ya sabes, gente mayor. Es un chico agradable, no creas. Es agradable y huele bien. Demasiado bien, diría yo. Lleva encima tanto perfume que aún me escuecen los ojos. La higiene es una cosa que da gusto, lo sé, pero si exprimiese la corbata de tu amigo, te aseguro que podría aliñar una ensalada para ocho". "Es un intelectual", dije como si quisiera justificarlo. Y lo era; D. M. era y es un intelectual, o sea, uno de esos tipos que tienen la mala costumbre de permitir que la conciencia se entrometa en sus pasiones hasta suprimirlas de cuajo. Con razón se consideraba fracasada aquella mujer. Era como si se hubiese metido en cama con las obras completas de Unamuno. "Ni siquiera me dejó besarle; dijo que se le empañaban las gafas"?
A su regreso del retrete, le dije a mi amigo que su estilo no encajaba allí y que por extraño que a él le pareciese, la chica se sentía mal porque era la primera vez que se acostaba de pie con un hombre. El me contestó que era incapaz de concentrarse y que lamentaba haberme acompañado aquella noche. "Al verla ahí, de pie, hermosa, descarada y ligera de ropa, me sentí atraído y me imaginé a su lado en cama. Lo malo fue que mientras subíamos las escaleras hacia su alcoba me entraron dudas?". ¡Las malditas escaleras! Los mismos treinta peldaños que a mí me causaban excitación, a él le producían razonamiento. "Lo siento, Alvite, pero es superior a mí. Y no se trata de conciencia social, no, nada de eso. El problema es que estas chicas van al grano y te meten prisa. Entonces pienso en el reloj y no me concentro. A mí me gusta tomarme con calma los impulsos, ya sabes?".
Estaba abatido y le costaba disimular que le corría prisa que nos largásemos de allí. Hice como que no me daba cuenta, ordené otras copas y traté de ayudarle a explicarse lo que le había ocurrido. "¡Por el amor de Dios!, solo se trata de que la razón no interfiera todo el rato en tus impulsos. Analizas demasiado las cosas. Si es por Dios, olvídalo porque en este antro, de las cosas que Dios cree que atascan el alma, se ocupa cada quince días el fontanero. Aquí nadie se reprocha nada, de modo que no tienes que convencer a ninguna chica de que este no es el mejor sitio del mundo para abrirse camino. ¿Intentarías acaso convencer al Espíritu Santo de que se examinase para piloto? Ya saben que esto no es un baile en el atrio de la iglesia. Cualquier discurso moral está condenado aquí al fracaso. Sé de qué diablos estoy hablando. Las conozco. Están acostumbradas a que el clorhídrico olor del sexo convierta las flores en estiércol. He subido muchas veces esas putas escaleras y las he bajado luego a su lado como si fuesen la escalinata de un palacio. Como el olor de cualquier otra podredumbre, el de la conciencia se extingue cuando te acostumbras a él. ¿Supones acaso que ellas no sienten asco? ¿Ni remordimientos? ¡Tantos como puedas sentir tú! La diferencia, amigo mío, es que el alivio que tú consigues yendo a la biblioteca para leer un libro, lo consiguen ellas levantando la tapa del retrete para vomitar". "¿Tan fácil como eso?". "Tan fácil. No digo que no les gusten los tipos cultos y razonables, no, no es eso, pero métete en la cabeza que de todo lo que esa chicas hiciesen por dinero con un hombre como tú, lo único que media hora más tarde le daría vueltas en la cabeza sería la posibilidad de que tu semen le pudriese las muelas".
Mi amigo y yo volvimos al mismo lugar unas semanas más tarde y se repitió al pie de la letra la historia. Esta vez no perdí tiempo en discutir lo ocurrido. Al cabo de un rato él intentó resarcirme del dinero que en su nombre había pagado las dos veces a la misma chica. Me negué a aceptarlo. No es que me sobrase aquel dinero, pero pensé que no valía la pena recuperarlo si media hora más tarde iba a correr el riesgo de que me diese vueltas en la cabeza la remota posibilidad de que el semen interruptus de aquel tipo me pudriese impunemente el forro de los bolsillos. La verdad es que hace unos cuantos años de aquella historia y si la recuerdo ahora es porque me quedó grabada la sensación de que, al despedirnos, aquella chica me sonrió como si tuviese la absoluta certeza de que era la primera vez en mi vida que un intelectual me echaba descaradamente un polvo.
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