JOSÉ LUIS QUINTELA JULIÁN
Saludos en un día de verano. Y vaya día, refiriéndome al de ayer. Hace un momento estaba en el campo, cerca de unas matas de tomates, y agradeciendo la brisa con la que, de vez en cuando, me regalaba el mar. Pero llegado este momento aparco las concesiones al bienestar y la lujuria del estío, y me sumerjo en este vis a vis con cada uno y una de ustedes. Ahí vamos? Supongo que les ha sorprendido el título del artículo de hoy. Lo he hecho a propósito, por escenificar de alguna manera la lógica que ha desatascado, en ocasiones pretéritas, los hilos de la economía y de la industria. Sólo hace falta tomarle un poco el pulso a la Historia y, así, comprobar el efecto beatífico de las grandes contiendas sobre el anquilosamiento de los balances de los Estados. El mundo necesita una guerra, si no nos asusta o para las consecuencias de las mismas sobre los humanos y el medio ambiente. Pero en términos fabriles y de negocio, no cabe duda de que el advenimiento de un nuevo conflicto planetario sería la clave.
¿Quiere esto decir que no hay suficientes guerras ya? No, claro que las hay. Muchas y, buena parte de ellas, enquistadas. Pero esta nueva escalada habría de llegar con la forma de un puñetazo en la mesa, o en la cara. Una guerra estridente y mediática. Una guerra televisada, como aquellas en que los Patriot o los Scud surcaban los cielos con la misma gracia y delicadeza para el televidente que los fuegos de la fiesta de Mugardos. Lo difícil, por lo que cuentan, era estar allí.
Pues sí, nos hace falta una guerra dura y, al tiempo, lejana. Un acontecimiento que responda a dos objetivos. El primero, apuntalar la hegemonía del bloque occidental en un momento de reequilibrado del conjunto de las fuerzas mundiales, con potencias emergentes que ya están dando su particular beligerancia en los mercados, madre de todas las batallas. Y el segundo, dar rienda suelta al potencial productivo -hoy parado en buena medida- de Estados Unidos y sus aliados. Vender, en definitiva. Vender y destruir parte de lo ya vendido para volver a venderlo, en una eterna espiral que sólo beneficia al vendedor, que a su vez es el que le da a la espita del gas para que reviente un conflicto armado. Ya saben que a mí no me gustan las guerras, y que en ningún modo quiero justificar tal atrocidad. Todo lo contrario. Pero lo cierto es que ya han pasado años desde que el profesor Arcadi Oliveres apostilló aquello de que las causas de las guerras pueden ser económicas, económicas y, a veces, económicas. Y en buena parte de las últimamente orquestadas se comprueba tal teorema. Sólo cabe esperar, pues, que todo esto se active una vez más.
Hoy la prensa dice que Estados Unidos descarta una acción militar en Venezuela. Lógico, por una serie de claves entre las que se encuentra la cercanía del patio de operaciones a la propia casa. Siguiendo con el repaso, Afganistán es un tema viejo ya, y aunque sigue consumiendo muchísimos recursos y vidas, no cumpliría con la puesta en escena de lo que he descrito antes como un conflicto tildado de novedoso. No encaja.
Irán y su programa nuclear están en la eterna recámara. Pero ahí hablamos de un avispero. Un lugar donde los derechos humanos penden de la misma soga que los chavales a los que pillan en actitud amorosa, o están tan apedreados como las mujeres a las que se les ocurre conocer varón por las buenas, sin las bendiciones del régimen. No creo que se metan ahora mucho más con Irán, más allá de los naturales tira y afloja de la cosa nuclear?
Para mí la escenificación del bien y del mal, con muertos reales y el advenimiento de nuevos tiempos de gasto y expansión de la economía mundial, se irá de nuevo hacia Corea. Y más concretamente contra el difícil equilibrio Corea del Norte y Corea del Sur. Las noticias nos hablan de ataques conjuntos de Estados Unidos y Corea del Sur contra potenciales intrusos norcoreanos, por ahora en el contexto de un mero ejercicio naval disuasorio contra Corea del Norte. El mayor ejercicio conjunto en varios años, incluyendo barcos señeros de la Marina de Obama. Antes, como paso previo indispensable, el ataque de un presunto submarino norcoreano contra un buque de guerra surcoreano. El tiempo dirá si las cosas han sido así o si, como tantas veces, se recurrió a la imaginación como pistoletazo de salida de esta industria de la guerra. Y, si no, acuérdense del Maine... No vean en este artículo el típico antiamericanismo de salón, porque no es el caso. Ya Yves Montand había aludido a tal postura como el socialismo de los tontos. No se trata de eso, ni mucho menos, y soy de los que piensan que si no fuese por la intervención norteamericana en la II Guerra Mundial, Europa podría haber sido barrida por el diablo nazi o haberse convertido en un gulag. Sin caer en ello, sí que hay que reconocer que, efectivamente, el componente económico en la era Rumsfeld y posterior, pesa mucho en las guerras. Y, seguramente, también antes. Supongo que, lamentable y desafortunadamente, hay guerras justas y necesarias, pero desbrocen un poco el panorama y verán que estas son las menos...
En fin... ¿Habrá guerra este verano? ¿Preventiva o a toro pasado? ¿Los civiles serán blanco especial o colateral? El caso, amigos y amigas, es que la industria no se puede permitir un parón que hoy es real, y que habrá que activar como sea. Las cosas no son tan sencillas, pero creo que el enfoque conjuga la lógica y sencillez que puede permitirse un artículo en un periódico generalista en un día de verano
Perdónenme ya. Me vuelvo a las matas de tomates. A la hueta y al solpor, que me tienta, suave y paseniño en este día de verano que ya no se repetirá...
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