JOSÉ LUIS ALVITE
Me resulta fácil recordar de memoria números de teléfono, fechas de nacimiento o de acontecimientos históricos, repartos de películas y sus principales títulos de crédito, jugadas que fueron decisivas en un campeonato de fútbol, el rostro y la ropa de los niños de mi escuela, los cromos de ciclistas en los tiempos de Loroño y Barrutia? las fotos de Virginia McKenna y Richard Widmark al lado de los retretes en el cine Yago, las siete pedradas que casi dejaron calvo al gato de casa, la toquilla gris de la taquillera destemplada y madura del cine Capitol, la primera vez que escuché en la radio a Gloria Laso cantando Luna de miel, el atlas geográfico que me ayudó a entretenerme viajando en cama por Wyoming con Julio Verne durante la convalecencia de las paperas? el número 10121 con el que fui alistado en la Armada, el hojaldrado caballo de cartón que se deshizo con el sudor de mi culo infantil al sentarme en él, la mano de mi abuela paterna llevándome a misa a la iglesia de la Universidad cuando yo solo tenía tres años y a ella le quedaban meses de vida, la belleza de Miss Mariska subida en el trapecio del Circo Kron mientras yo esperaba que un exceso de talco en las manos del portor la hiciesen caer -trágica, enamorada y nupcial- desde lo alto de la carpa en mis brazos de niño? y el olor cosmético del gigantesco cardenal Quiroga Palacios; la presencia de don Juan de Borbón paseando a hurtadillas en verano por Cambados con su ajuar de pantalones blancos, escorado por el porte escaleno de una elegancia náutica raída y malformada por la escasez financiera del exilio; aquel novio indeciso y tardío de tía Pepita que prefirió meterse cura? Es la memoria minuciosa, concreta, aritmética, que sirve para reconstruir los hechos casi santorales del pasado pero no garantiza en absoluto la recreación de los sentimientos. Para eso otro está la memoria emocional, que es de donde puede uno deducir la conmemoración literaria de su biografía. Esa otra memoria se nutre a menudo de la inexactitud histórica, incluso de cierto falseamiento que la hace aun más interesante. Sin la fantasía que la adultera, la vida de un hombre sería apenas un listado de números, una proeza contable, un vulgar puñado de álgebra; puro catastro. La mejor literatura evocadora tiene su origen precisamente en los lapsus de la memoria cronológica. No recuerdo cuánto costaba un bollo de pan en 1954, pero sé que valía la pena comprarlo por lo bien que olía la tienda de coloniales de Jaime Gesteira Ultramarinos Finos Fábrica de Pan. Tampoco podría asegurar cuál era el precio de un reloj de pulsera en 1960 y sin embargo podría describir con detalle la emoción que me producía la relojería de cambadesa de Juan Manuel Villar al mezclarse en el silencio manido de la calle el tic tac plural del tiempo y la silábica mandolina que tocaba a media mañana su hermano Santi, que era alto y huesudo y se reía a golpes de tos, sacando la cabeza muy lejos al final de la leontina de aquel cuello que parecía el muelle de un reloj de cuco. Sería inútil que intentase recordar cada fecha de mi vida en aquel Cambados discreto y estival y sin embargo podría reconstruir en frases la sensación de haber sido inadvertidamente feliz en un lugar en el que mientras conciliaba el sueño de una siesta con fiebre y acetona, podía escuchar cómo llegaba hasta mi ventana desde la casa de enfrente el redoble primitivo y carnal del marinero que cavaba en el catre de castaño el cuerpo fértil y gomoso de su mujer con el mismo ruido que haría un tren de mercancías deletreando a su paso las traviesas de la vía. Después me asomaba tiritando de fiebre a la ventana y esperaba a que saliese de su portal aquel tipo varonil y recién aseado que miraba a un lado y a otro de la calle, cansado y un poco estupefacto, aterido de pecado y engominado de semen, igual que si se hubiese apeado del tren, en alemán y a deshora, en una estación del Holocausto.
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