ÁNXEL VENCE
R. suelto a seguir al pie del cañón con el que dispara decretos, leyes y subidas de tributos, el presidente del Gobierno ha renunciado a sus vacaciones para seguir velando por la buena marcha del país. Y aún hay ingratos que le quitan valor al gesto. Peor aún que eso, algunos de sus adversarios preferirían que se tomase un año sabático de descanso o que, simplemente, prolongase sine die sus vacaciones. Y no falta siquiera quien recuerde malévolamente que el diablo es el único ser que no descansa jamás en su propósito de hacerles la pascua a los humanos. Se conoce que ven en las cejas un tanto mefistofélicas de Zapatero un signo de su oculta condición diabólica. Lo cierto es que la presencia de los gobernantes no siempre es necesaria para que un país funcione. Un ejemplo que suele citarse a este respecto es el de la huelga que protagonizó el Gobierno del primer ministro portugués Pinheiro de Azevedo en los turbulentos años que siguieron a la Revolución de los Claveles. El país de ahí al lado andaba entonces lo bastante revuelto como para que todo el mundo mandase, excepto el Gobierno propiamente dicho. Hastiado de que nadie le hiciera el menor caso, Pinheiro de Azevedo se encerró con sus ministros y anunció su propósito de declararse en huelga de gobernación. Los resultados fueron fantásticos desde cualquier punto de vista que se miren. Casualidad o no, el hecho es que mientras el Gobierno estuvo de brazos caídos se produjo una bajada general de precios a la vez que aumentaba el empleo, se recuperaba la balanza de pagos e incluso decrecía el hasta entonces copioso número de huelgas. Los más entusiastas añaden que también mejoró el clima y algunos llegan al extremo de sostener -un tanto exageradamente- que durante aquellos días felices los conductores portugueses se comportaron con menos temeridad de la que les ha dado justa fama en el mundo. Algo parecido sucedió aquí, a este lado de la frontera, en el caliente verano de 2002. Apenas unos días después de que el Gobierno presidido entonces por José María Aznar partiese de vacaciones, los precios bajaron y aumentó el empleo. Modestamente, los ministros se quitaron méritos al atribuir la caída del IPC a las rebajas estivales; pero aún hoy se discute si existió o no una relación de causa a efecto entre la ausencia del Consejo y la mejora de la situación económica. El ejemplo de Azevedo y el más reciente de Aznar debieran ser tomados en cuenta por Zapatero para reconsiderar su decisión de castigarse sin las vacaciones que sin duda merece. Un mes sin ocurrencias ni cambios súbitos de opinión como los que -en opinión de sus adversarios- caracterizan al actual presidente no podría sino ejercer benéficos efectos sobre la tranquilidad de los mercados; pero no sólo se trata de eso. Además, quedaría también garantizada durante treinta días la ausencia de nuevas subidas de tributos y rebajas de sueldos. Descansarían igualmente los adversarios a menudo feroces de Zapatero, que, a falta de un contrincante al que poner a caer de un burro a diario, tal vez encontrasen temporalmente la paz de espíritu necesaria para evitar eventuales arritmias y subidas de tensión. A la vista queda, en fin, que si las cosas marchasen según lo previsto, todos saldríamos beneficiados por el paréntesis vacacional del presidente que, a su regreso, ya tendría tiempo de sobra para volver a liarlo todo. Infelizmente para él y acaso también para sus gobernados, Zapatero ha decidido seguir durante el mes de agosto en La Moncloa, arreglando los graves asuntos económicos del país y urdiendo nuevas e ingeniosas leyes con las que quitarnos del vino, el tabaco y demás hábitos perniciosos. Dicen lenguas maliciosas que el presidente renuncia a sus vacaciones en prevención de que alguien aproveche su ausencia para quitarle la silla, pero tampoco hay por qué malpensar. Simplemente ocurre que este hombre es el demonio y no nos quiere dar tregua ni en verano.
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