FERNANDO GONZÁLEZ MACÍAS
En la Xunta cuentan las horas que les quedan de este calvario de cada verano. Ya falta menos. Es probable que la semana que viene los incendios forestales dejen de ser noticia de portada en los periódicos, en la radio y en la televisión. Si se cumplen los pronósticos meteorológicos, Galicia disfrutará de varios días desapacibles, con precipitaciones abundantes y una bajada notable de las temperaturas. Esa será, además, la tónica de todo el mes de septiembre.
La lluvia es la más eficaz herramienta en la lucha contra el fuego en el monte, por no decir la única que no falla. Los Infogas, los Pladigas y demás dispositivos son siempre manifiestamente mejorables. Unos más que otros, pero todos tienen sus puntos débiles, que se ponen de manifiesto en cuanto se enfrentan a unas determinadas condiciones, de calor extremo, vientos fuertes y escasa humedad. Es por eso que cada año los gobiernos de turno introducen cambios, a veces, como en 2006, a destiempo, aunque siempre, eso sí, con las mejores intenciones. De la campaña antiincendios 2010, quedarán los dos brigadistas muertos en Fornelos de Montes y unos cuantos detenidos por incendiarios, un total de superficie quemada mucho menor que la de otros años climatológicamente similares, a pesar del gran número de incendios registrados diariamente y gracias a la eficacia del operativo, y una serie de frases desafortunadas o simplemente inoportunas de dirigentes políticos, gobernantes y opositores, que habrían estado mejor callados. Feijóo consideró "óptimo" el funcionamiento del sistema antiincendios a pesar de la tragedia de Fornelos. Fue un lapsus, imperdonable si se quiere, pero un lapsus. Probablemente quiso decir que hasta ese momento el dispositivo estaba ofreciendo unos resultados satisfactorios, dadas las circunstancias, en todo caso mucho mejores que los del verano negro del bipartito, cuando Galicia ardía por tres de sus cuatro costados y los medios humanos y materiales eran desbordados por ola de fuego infernal. Aunque eso no hacía falta decirlo, porque lo estaban viendo con sus propios ojos día a día los habitantes de este país en su entorno más inmediato. Y, sin embargo, semejante afirmación, aún sin tono triunfalista, acabaría resultando ofensiva para demasiada gente, empezando por el entorno de las dos víctimas mortales, y, sin pretenderlo, constituía una provocación para quienes conocen de primera mano las limitaciones con las que operan las brigadas, su escasa formación y los problemas de coordinación de recursos entre administraciones. No estuvo más afortunada la oposición socialista al pedir responsabilidades políticas en caliente, reclamando ceses y dimisiones en medio de la campaña, sin esperar siquiera a las explicaciones sobre lo que estaba pasando o al balance que el gobierno gallego ha de hacer en el momento procesal oportuno, es decir, cuando se apaguen los últimos rescoldos. Ahí Bloque procuró marcar distancias, con una postura más sensata y con el respeto institucional propio de quien sabe por experiencia que todo aquel que tiene que organizar la lucha contra el fuego se acaba quemando en mayor o menor medida.
También habría sido de agradecer que determinados alcaldes no se pusieran al servicio de la estrategia de sus respectivos partidos, asumiendo funciones que no le son propias al alimentar, incluso con declaraciones incendiarias, la caldera de una dialéctica perniciosa en la que muchas cosas importantes -por ejemplo, la credibilidad de los políticos- quedan reducidas a humo y cenizas.
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