JOSÉ LUIS QUINTELA JULIÁN
Les saludo desde Vigo. Y lo hago en una bonita noche, previa a la del día de envío de este artículo a la redacción del periódico. Aquí estamos, pasando tres o cuatro días que a punto están de culminar. Momentos para el descanso, el disfrute en cualquiera de las preciosas playas de esta parte de Galicia y, también, para compartir ratos más tranquilos con personas y lugares.
Anoche, por ejemplo, tuve la ocasión de pasear por esta bonita ciudad, dejando a un lado la prisa y el intenso bullicio del día. Fue entonces cuando sucedió, y ya me dirán ustedes qué opinan. ¿Conocen la céntrica calle del Príncipe? Pues allí mismo, pero podría haber sido, que así ocurre, en la coruñesa Calle Real, o en la mismísima Rúa do Vilar compostelana. O donde ustedes quieran. En Bilbao, sin ir más lejos, tuve que asistir a la repetición de la misma escena pero multiplicada por veinticinco. Pero déjenme que siga en Vigo y en la calle del Príncipe y les cuente... Una persona transitaba por la calle, en sentido opuesto al mío. Se aproxima a un portal y...procede a la micción -contra la puerta del edificio- con la misma naturalidad que si estuviese en un urinario. Allí quedó. A la vuelta, una vez recorrida la calle en su totalidad, el evidente charco no sólo manchaba la puerta y el lateral del edificio, sino que se desparramaba hacia el interior del portal y corría por la acera... ¿Qué pasa con los vecinos y los viandantes? ¿Tan caro es tomarse un café o utilizar un urinario público? ¿Por qué se me quedó la cara de pasta de boniato -como diría mi amigo Germán- y no me atreví a decirle cuatro frescas, por guarro, al interfecto?¿Es este el modelo de convivencia al que queremos evolucionar? Y es que me preocupa, y mucho, qué está pasando con determinados códigos de convivencia que son vulnerados sistemáticamente por grupos reducidos en los últimos años. Es evidente que, hoy más que nunca, tenemos grados de libertad individual muy esperados, conseguidos con el esfuerzo de muchas personas que adujeron para ello, precisamente, valores cívicos. Pero parece que tal hito se ha alcanzado a base de indiferencia, y que ese estado de la cuestión ha llevado a algunos -desprovistos del más elemental y mínimo respeto a sus congéneres- a creer que todo vale. ¿O no? Déjenme que les cuente otro episodio parecido. Un restaurante sencillo, pero gracioso, en la misma ciudad. Una mesa agradable en buena compañía. Al cabo de un rato empiezan los problemas. El nivel de ruido se dispara hasta el infinito. Imposible cenar. ¡No oigo a la persona que comparte mi mesa! Cielos... Hay quien ametralla al habla, y hasta da palmadas para enfatizar sus comentarios. Me entero de cuatro conversaciones a la vez, sin quererlo en absoluto. Casi voy a opinar sobre qué color le sienta mejor a aquella chica, ya que lo pregunta tan insistentemente a toda la concurrencia... Pedimos la cuenta y nos vamos... Imposible... ¿Importan los demás? ¿No somos capaces de entender que, en el mismo lugar y hora, alguien pretende cenar tranquilamente, sin molestar ni ser molestado por sus congéneres?
Escena Tres. Esta misma hora, a la que escribo. Las 00.48, por más señas. Bullicio a la puerta de la habitación del hotel. Una, dos y hasta tres veces... Despedidas y risas... ¿Y los demás? Tengo que salir para pedir silencio. Me miran raro, aunque al final callan con un gesto de fastidio... ¿Es tan extraño pedir silencio casi a la una de la mañana en un lugar donde otras personas -con los mismos derechos- duermen?
Estas tres escenas podrían ser ampliadas a muchas más. Me reitero en la idea. La ampliación de la esfera de derechos individuales, inédita en los últimos años, ha enriquecido mucho la sociedad. Pero esta se ha hecho a veces a costa de pensar que el otro no existe, y que yo hago lo que me da la gana porque quiero. Así, efectos colaterales como los explicados amenazan hoy nuestra convivencia. Y lo más grave es que, por encima de eso, es difícil hacer ver a la persona que comete ese tipo de falta que realmente debería actuar de otra manera. Como le habrá pasado a cualquiera que, por ejemplo, haya pedido a alguien que recoja un papel que acaba de tirar -o las cacas de su perro abandonadas en la acera-. En esos casos uno se enfrenta con ello, con probabilidad alta, al insulto e, incluso, a la agresión violenta.
Hoy hay quien mea abundantemente fuera del tiesto, y déjenme que utilice esta apropiada frase no sólo para la cuestión de los orines sino, metafóricamente, para todas aquellas pautas que no tienen en cuenta al de enfrente a la hora de actuar. Yo tengo claro que esto es más que un problema puntual de convivencia. Es una medida del subdesarrollo en el que, pese a la mejora económica de las últimas décadas en España, impera todavía en algunos terrenos en nuestro país. Y creo que ganaríamos mucho como sociedad si mejoramos en ello. Si a eso sumamos la agresiva forma de conducir, o la deriva cacofónica que ha tomado el lenguaje, más de lo mismo. Desde mi punto de vista, el cuidado y respeto a los valores cívicos son, en buena medida, un indicador no sólo de progreso en todas sus vertientes, sino la mejor forma de preparar un futuro mejor para nuestra sociedad. Y, visto lo visto, y lo que se ve cada día, falta hace. Porque no se engañen... He conocido sociedades donde uno mea donde quiere, ya que no hay alcantarillado, tira los papeles donde le da la gana porque nadie los recoge, y hace de su capa un sayo en materia de respetar a los otros. Y... les aseguro que no el más pintado de nuestros gamberros sería poco feliz ahí. Mejor cuidemos el nivel de servicios y civismo que hemos alcanzado y tratemos de mejorarlo y ampliarlo, que aún queda camino por recorrer...
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