JOSÉ MARÍA ECHEVARRÍA
. stoy leyendo un libro que no me lo pone fácil. Aparte de que el tipo de letra es menudo para mi vista ya cascada, y que los párrafos tienen un aspecto ciclópeo, sin frecuentes cesiones al punto y aparte, además de todo eso ocurre que el autor mete términos, o varios seguidos cuando coge carrerilla en descripciones localistas, desconocidos para mí que me exigen recurrir al diccionario. Por cierto, aprovecho para encomiar las ventajas del diccionario descargado en la agenda electrónica -¡todo el diccionario de la RAE metido en una carterita de nada!, es maravilloso- porque me ahorra el esfuerzo de acudir a los tomos encuadernados. Y también aclaro que a pesar de lo antes manifestado, como el libro me interesa, lo sigo leyendo, eso sí con un ritmo cansino que, de momento, aún soporto. Al principio cortaba la lectura para enterarme del significado, pero llegó un momento en que opté por marcar levemente con lápiz al margen de las palabras desconocidas para buscarlas al final de una tacada en el diccionario. Alguna palabra tiene un significado muy preciso, pero otras gozan de bastantes sinónimos de uso corriente, pero el autor recurre a las que me resultan más raras, no sé si es porque yo soy un ignorante, o él, un erudito pedante de tomo y lomo. Vamos a dejarlo mitad mitad, para no incurrir en agravios. Lo que sí queda patente es que hemos de leer más, que el castellano es riquísimo, y que hay que escribir con sencillez.