JOSÉ ANTONIO PORTERO MOLINA ES CATEDRÁTICO DE DERECHO CONSTITUCIONAL DE LA UNIVERSIDAD DE A CORUÑA JOSÉ ANTONIO PORTERO MOLINA
Hace mucho tiempo que el PP suscita, con carácter general, dos tipos de comentarios y ninguno positivo. Uno, hace oposición destructiva, no coopera, no propone, no ilusiona. Dos, demasiado cerca de la corrupción. Sólo se salvan los populares vascos porque el PP se ha comportado con una generosidad extraordinaria, imprescindible para entender como están cambiando allí las cosas. Fuera de esas críticas y los inevitables comentarios sobre Aznar, un mar de silencio: el PP no es noticia ni para bien ni para mal, casi aburre. ¿Cómo explicar, entonces, la notable ventaja consolidada a lo largo del último año sobre los socialistas?. La respuesta no está en el buen trabajo del PP sino en los errores de su adversario. Las elecciones no las gana la oposición, las pierden los gobiernos porque ellos son el poder, los que pueden hacer las cosas bien o hacerlas mal que es en lo que se fijan los electores, ni muchos ni cautivos, que se mueven y deciden las elecciones. Al PP no le está yendo nada mal pese a las críticas que, por eso, deberían revisarse. Las primeras porque el PP propuestas tiene, aunque no las grite ni las reitere, y apoyos crecientes también, aunque se disimulen o silencien. Las segundas porque los críticos olvidan que la corrupción económica no recibe entre nosotros el rotundo reproche social propio de otras sociedades y porque en todos los partidos cuecen habas. Los estragos del Gürtel apenas se notan.
El gobierno, en cambio, cada día proporciona más noticias y no buenas. Eso es lo que le ha ocurrido en las últimas semanas porque el presidente ha entrado en dos terrenos delicados como elefante en cacharrería. Zapatero ha impulsado las primarias abriendo la caja de unos vientos luego incontrolables. En Madrid el presidente y algún ministro están empleando malas artes, de esas que enfadan en un partido en el que el aparato es muy poderoso y muy querido por los militantes de a pie, que valoran la cercanía y el trabajo cotidiano de los compañeros dirigentes. Las cosas se están calentando a un mes de las primarias. Unas primarias que se anuncian en otras comunidades con la aparición, resurrección en Valencia, de candidatos que personifican las diferencias entre Blanco y Pajín o las discrepancias con el propio Zapatero que ha confundido Madrid con León, donde dejó al partido mucho peor que cuando llegó a la dirección; y gobierno, donde ordena y manda, con partido en el que es, aunque Secretario General, un compañero más. No son buenas noticias.
Ni lo es que el presidente haya entrado en el delicado espacio vasco para salvar los presupuestos y salvarse. ¿Así entiende Zapatero el federalismo?. El gobierno provocará un estropicio si debilita a Pachi López o contribuye a envenenar las relaciones con el PP de Basagoiti. Tras la sentencia del TC sobre el Estatut ha quedado claro que todo es posible; no se trata pues de discutir sobre la constitucionalidad de una transferencia en materia de Seguridad Social al País Vasco, un dislate a mi juicio, sino de calibrar sus consecuencias sobre el pacto que sostiene a Pachi López. No es fácil ni probable que el PNV consiga garantizar que sea alcalde el cabeza de la lista más votada para impedir que el pacto de socialistas y populares se extienda a los ayuntamientos. Y tampoco parece que los asuntos de terrorismo figuren en la agenda. De momento lo que sí le está regalando Zapatero al PNV es protagonismo, el que concedemos a quien consideramos imprescindible, aunque no esté en el gobierno. Un error importante que sólo le está granjeando críticas del PP, de CiU, y de no pocos socialistas. El gobierno proporcionará más noticias muy a su pesar, porque serán malas y, contra lo que se repite, no es cierto aquello de que lo importante es que hablen de uno aunque sea mal.